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Ángeles de alabanza

¡Alabad a Yahveh desde los cielos, alabadle en las alturas, alabadle, ángeles suyos todos, todas sus huestes, alabadle!

(Salmo 148: 1-2)

Mi oración preferida es la alabanza. Alabanza a Dios, que es alegría y regocijo, es fe y confianza, es petición y acción de gracias, es promesa y realización, es tierra y es cielo al mismo tiempo. Y los ángeles son maestros de alabanza. Por eso encabezan en este salmo bendito la serie de todos los elementos en la creación entera que van a ser llamados al coro de alabanzas que llena el corazón del hombre y la mujer y las esferas del cosmos. ¡Alabad al Señor!

¡Alabadle, sol y luna, alabadle todas las estrellas de luz, alabadle, cielos de los cielos, y aguas que estáis encima de los cielos!


Todos esos son dominios de ángeles, y los ángeles traducen en cánticos de gloria el testimonio mudo de las criaturas del universo. El sol y la luna alaban al Señor porque los ángeles del sol y la luna admiran su esplendor y su majestad y su belleza, y luego trasmiten su admiración y su gozo al Señor de la creación que hizo esas maravillas y las mantiene en su grandiosidad. El sol y la luna no tienen voz, pero la tienen los ángeles que los gobiernan y los contemplan, y su voz llega al trono de Dios en coro perpetuo de rendida alabanza.


Y no solo son los cielos el domino de los ángeles, sino que la tierra también con todo lo que hay en ella pertenece a su solicitud y a sus cuidados y a su amor. Por eso continúa en la tierra la lista que encabezan los ángeles en el cielo.

¡Alabad a Yahveh desde la tierra, monstruos marinos y todos los abismos, fuego y granizo, nieve y bruma, viento tempestuoso que ejecuta su palabra, montañas y todas las colinas, árboles frutales y cedros todos, fieras y todos los ganados, reptil y pájaro que vuela, reyes de la tierra y pueblos todos, príncipes y todos los jueces de la tierra, jóvenes y doncellas también, viejos junto con los niños! ¡Alabad el nombre del Señor!


Los ángeles están en el viento y en la bruma, en la nieve y en el fuego, en el mar y las montañas, en las plantas y en los animales, en los jóvenes y doncellas y niños y viejos y jueces y príncipes, y en todos ellos y desde ellos presiden y dirigen el coro de alabanza que la creación entera eleva al Creador. Podemos alabar al Creador porque los ángeles lo alaban y nosotros estamos con ellos. Logramos conseguir la armonía porque ellos dirigen nuestras voces. Alcanzamos el trono de Dios porque ellos están frente a él, y nosotros con ellos formamos el coro universal de alabanza cósmica. La música de las esferas.


Os alabo a vosotros, ángeles, porque alabáis a Dios. Porque me permitís y me enseñáis a alabar a Dios con vosotros, porque reforzáis mi voz y afináis mi canto, porque vibráis conmigo y me hacéis sentirme parte de ese coro solemne que canta a voces gloriosas las maravillas de la creación y del Señor que las creó. Gracias, queridos ángeles, por haberme hecho pasar algunos de los momentos más felices de mi vida en esos conciertos sinfónicos en que desde la tierra ensayamos el cielo para disfrutar con vosotros para siempre las glorias que juntos hemos cantado desde ahora.


¡Alabad, ángeles, al Señor!

p. Carlos Valles

 
 
 

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