Aparición de San Miguel en Colosas
- rccrecreo

- 23 ago 2022
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San Juan Evangelista, pasando por una ciudad de Frigia llamada Colosas, patria del famoso historiador Nicetas, conoció por divina revelación que Dios quería que San Miguel Arcángel, su Primer Ministro, fuese honrado en un cierto lugar de aquel territorio llamado “Cherotipa”. El Apóstol fue allí donde inició la predicación de las grandezas de este príncipe celestial y, como confirmación de aquello que predicó, surgió allí una fuente de rara virtud, cuya agua curaba todo tipo de enfermedades, bastando decir al beberla: “En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y del Príncipe de la milicia celeste, San Miguel”. Usaron de este remedio una infinidad de personas, aún paganos, y muchos, recuperando la salud del cuerpo, recibieron también el don de la fe y la salud del alma. (1)
Cercano a Laodicea, San Miguel se apareció a un hombre muy afligido por tener una hija muda desde su nacimiento, y la mandó beber agua en la fuente en Colosas con su hija, pues ella retornaría curada, y el contento. El hombre así lo hizo, fue con su hija la que, tomando el agua, y rezando al Padre las palabras: “En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y del Príncipe de las milicias celestes, San Miguel”, comenzó a hablar, pronunciando muchas veces el nombre de San Miguel, y agradeciendo sin parar al Señor.
Inmediatamente, padre e hija fueron bautizados y fue edificada una grandiosa iglesia en honra del Santo Arcángel. El arzobispo comenzó a tomar en cuenta este templo, cuya santidad los pagamos no podían soportar, mucho menos la fuerza de aquella agua milagrosa; resolviendo entonces matarlo, arrastrándolo de los cabellos por las calles, golpeándolo con una vara; pero, ¡oh maravilla! Las manos de los paganos que se atrevieron a cometer tal acto se secaron y ellos se desorientaron, y como tenían la intención de quebrar, destruir, la fuente, salió de ella un fuego que los ahuyentó.
Fue a tales maravillas, que los paganos se volvieron más obstinados que antes y decidieron mezclar el agua santa con las del río Aksu, haciendo que la corriente del rio pasase por encima de la otra, pero el río viró, cambió su sentido, corriendo el agua en sentido contrario contra a la inclinación natural del terreno.

Todos estos prodigios endurecieron aún más los corazones de los infieles, quienes resolvieron desviar otros dos ríos de gran volumen para sumergir la fuente con todas sus aguas para cubrir con ellas hasta el mismo templo de San Miguel.
El Arzobispo se dio cuenta de todo lo que estaba ocurriendo y, postrado delante del altar de San Miguel, rogaba a Dios Nuestro Señor que, por la intercesión de San Miguel, volviese inútiles los esfuerzos paganos. Mientras rezaba, oyó una voz fuera del templo que lo llamaba, y era San Miguel. El siervo de Dios salió, saludó a su patrono, y se puso a su lado izquierdo, conforme le ordenó el Santo Arcángel. Vio en el templo una columna de fuego, que de la tierra subía hasta el cielo, y oyó una voz que le decía que tenga coraje, y que nada debía temer.
Cuando aquel mar de aguas los alcanzó, San Miguel hizo la señal de la Cruz, y fue así que aquella impetuosa correntada paró, quedando rígida como una muralla. Fue entonces el Santo Arcángel hasta un peñasco allí próximo, hizo la señal de la Cruz, y el peñasco se partió al medio con un espantoso estruendo como de trueno, y la tierra se estremeció. San Miguel volvió a hacer la señal de la Cruz, diciendo “fragilícese toda la fuerza del adversario” y mandando luego que aquel lago de agua de los dos ríos se dirigiese por aquella hendidura abierta en el peñasco.

Esto dejó al arzobispo muy feliz, el templo libre, y la fuente más famosa aún, ocurriendo en ella innumerables milagros, como en aquel tiempo Pantaleón Diácono relataba: “Que gran día de milagros para nosotros!”.
Los griegos celebran la fiesta de San Miguel el día 6 de setiembre en agradecimiento de tantas gracias y prodigios.
La fuerza de San Miguel no terminó, al contrario, es nuestra fe que enflaqueció. Confiemos en su poderosa ayuda, honrémoslo con frecuentes ejercicios espirituales y con fervorosas oraciones; y mayores prodigios también nosotros podremos admirar.
Referencias
(1) NIEREMBERG, Juan Eusebio. De la devoción y patrocinio de San Miguel. Madrid: Francisco Robles, 1643. Cap. XIX, p.244



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