Aparición de San Miguel en Monte Gargano
- rccrecreo

- 30 ago 2022
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Parte I

Era el año 490 de la era cristiana, octavo año de San Felix III, Papa, el día 8 de mayo, cuando ocurrió la primera aparición de San Miguel en el Monte Gargano. Y aconteció así: un comandante del ejército de Siponto, rico en tierras y rebaños, muy piadoso y hombre de ayuno, poseía un monte distante seis millas de Siponto, hoy Manfredonia, que usaba como pasto para su ganado.

Entre los animales, había un toro feroz, fuerte y amenazador, el que, en la primavera terminó separándose de los otros. El comandante fue a ver el ganado, acompañado por los servidores, y procuró al toro, encontrándolo en una caverna profunda, en un lugar escarpado y de tan difícil acceso, que, creyendo no poder retirarlo vivo, pensó en recuperarlo muerto. Por eso, apuntó hacia él su arco, pero la flecha, en vez de herir al toro, dio una vuelta en el aire, y acabó hiriendo el pecho del comandante. El acontecimiento extraordinario llenó de espanto a aquellos que lo vieron y fue divulgado no solamente a los vecinos del área, los que fueron a ver al herido, sino que llegó la noticia hasta el obispo de Siponto, San Lorenzo Maiorano, de nacionalidad griega, ciudadano de Constantinopla, y pariente cercano del Emperador Zenón.

El santo prelado, pensando que el extraño acontecimiento era misterioso, recurrió a Dios en busca de iluminación e inteligencia. Mandó que se hiciese en toda la ciudad un triduo de oraciones y ayunó para pedir a Dios la gracia de conocer el misterio de ese extraño acontecimiento. Dios escuchó el humilde llamado del santo obispo y del pueblo y, al amanecer, cuando el devotísimo obispo estaba orando en la mayor Iglesia de Siponto, se le apareció San Miguel y le dijo: “Actuaste de forma muy sabia, pidiendo saber del Altísimo Dios el secreto y la causa por la cual la flecha lanzada contra el toro se había vuelto contra el arquero. Debes saber que eso sucedió por intervención mía. Yo soy el Arcángel Miguel, que asisto delante del trono de Dios. Yo decidí habitar aquí, y asumir la guarda de este lugar: quise dar esta señal para que todos sepan que el Gargano estará bajo mi guarda”. Esto dijo San Miguel al Obispo San Lorenzo, y desapareció.

Grande e indescriptible fue el consuelo y la alegría del obispo san Lorenzo Maiorano por tan especial favor de San Miguel. Lleno de júbilo, se levantó del suelo, convocó al pueblo, mandando hacer una solemne procesión hasta el lugar donde aconteció el hecho admirable. Fue cuando llegando en procesión, vieron el toro arrodillado delante del Libertador Celestial, y encontraron una amplia y espaciosa caverna con forma de templo cavada en piedra viva por la propia naturaleza, con una altura bien elevada y con una adecuada entrada. Tal visión llenó a todos de gran ternura, pero también de terror, pues mientras el pueblo quería entrar, quedó lleno de un santo temor al oír estas palabras en un canto angélico: “Aquí Dios es adorado, aquí el Señor es honrado, aquí el Altísimo es glorificado”. Fue tan sorprendente el santo temor que, sin osar adentrarse más, fue establecido el lugar para los sacrificios y las oraciones delante de la entrada de santuario.

La noticia del descubrimiento del santuario despertó la devoción en toda Europa. Todos los días venían personas en masa, en grupos para subir al Gargano: pontífices, obispos, emperadores y príncipes de todos los cantos de Europa corrieron para visitar la gruta celestial. Una fuente de infinitas y estruendosas gracias fue para los cristianos el Monte Gargano, como escribe Barone (1). Es feliz quien se confía en tan poderoso benefactor del pueblo cristiano; es feliz quien tiene en su favor al amorosísimo príncipe de los ángeles, San Miguel Arcángel.
continúa en parte II



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