Cada persona, un mundo entero
- rccrecreo
- 2 nov
- 1 Min. de lectura

Hay muertes que nos dejan mudos. No por falta de palabras, sino porque lo que se fue no cabe en ninguna frase.
Cuando alguien amado muere, no se va solo un cuerpo. Se va una voz que nos llamaba por nuestro nombre, una risa que sabíamos de memoria, una forma única de estar en el mundo. Se va un mundo entero.
Y en ese vacío, nos asalta una pregunta que no tiene respuesta fácil: ¿Dónde está ahora? ¿Se perdió para siempre?
El Papa León XIV lo dice con una lucidez que duele: “La preocupación de Dios por no perder a nadie la conocemos desde dentro, cada vez que la muerte parece hacernos perder para siempre una voz, un rostro, un mundo entero.”
Es ahí, en ese “desde dentro”, donde empieza la fe. No como consuelo rápido, sino como una esperanza que se abre paso entre lágrimas.
Porque si cada persona es un mundo, Dios no deja que ese mundo se hunda. Lo recoge, lo guarda, lo transforma en luz.
Y nosotros, que lloramos lo perdido, descubrimos que el amor no termina con la muerte. Que la tristeza no es falta de fe, sino señal de que el vínculo era real.
Llorar es amar. Y amar es confiar que lo que fue hermoso no se pierde, sino que vive en Dios.