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“Cuando los ojos se pierden, cuando la mirada se cansa…


Hoy de camino a mi trabajo no pude dejar de observar una marea de personas transitando las primeras horas con sus miradas cansadas. Como si la vida fuese un peso reflejado en el mirar. Hay días en que yo también parezco tener los ojos apagados, y no es por cierto por falta de sueño, sino porque tal vez me enfrentó la vida con una traición que vulneró mi alma, una decepción. Es duro caminar cuando ya no se distingue bien lo que está frente nuestro, cuando no se es capaz de ver alegría en otros ojos, cuando no se espera nada nuevo, cuando el alma parece rendida. ¿Haz sentido alguna vez esa mirada cansada?


Job no tuvo temor en confesar: “Mis ojos se oscurecen por el dolor” (Job 17,7). Su mirada estaba vencida por la desgracia. Su vida era un rosario de desgracias y decepciones, sin embargo, en medio de la ruina, pronunció una de las frases más luminosas de las Sagradas Escrituras: “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19,25). Fue la esperanza la chispa que volvió a encender sus ojos.


Son incontables las miradas cansadas que se esconden detrás de puertas y ventanas a lo largo y ancho de nuestro barrio, de nuestro lugar en el mundo. Hogares donde la lanza del dolor por un hijo enfermo, adicto, deprimido desestabilizan lo que era un espacio sagrado.

En Emaús, nos narran las Escrituras, dos hombres caminaban con la mirada baja, El cansancio y la tristeza les nublaban la visión. Aquel en quien ellos habían depositado sueños, expectativas de liberación se había desvanecido. Un forastero comenzó a desandar pasos con ellos y se nos dice que “sus ojos estaban impedidos de reconocerlo” (Lucas 24,16). La llave para quebrar tamaña decepción fue un gesto tan fuerte y tan presente en lo mas hondo de cada uno de ellos que “se les abrieron los ojos y lo reconocieron” (Lucas 24,31). Un Pan partido fue la llave, el bálsamo que convirtió miradas cansadas en miradas pascuales.


Es posible que entre quienes están leyendo estas líneas existan diversas miradas cansadas: la de quien ve sucumbir su matrimonio, la de quien no encuentra trabajo, la de quien ya no confía en sí mismo. Y sin embargo, Dios sigue pasando. Su Espíritu sigue moviéndose y actuando no en el ruido, sino en lo discreto. No en el fuego arrollador, sino tal vez en la brisa mas suave de una palabra oportuna, de un gesto cuasi diminuto.


En nuestros tiempos, hemos visto acontecer también lo opuesto en Carlo Acutis, cuya mirada irradiaba profunda esperanza: “La Eucaristía es mi autopista al cielo”, decía. El Pan partido de Emaús era su ruta. Su fe le permitió ver más allá de la enfermedad. Quienes hemos estado cercanos a textos del padre Henri Nouwen también reconocemos que una persona de fe experimenta fatiga espiritual, es la mirada cansada de quien se sabe frágil, pero que aprendió a encontrar en esa fragilidad un lugar de encuentro con Cristo: “Vengan a mí los que están cansados y agobiados” (Mateo 11,28).


Una jaculatoria que solemos rezar lo expresa con sencillez: Limpia mi mirada cansada; permíteme contemplar tu paso discreto y tu luz entre los escombros de lo cotidiano.”


Porque sí: la mirada cansada puede ser reconstruida. En Piedras Vivas creemos que Dios nos llama a reconstruir moradas en ruinas. También las miradas son moradas que necesitan ser levantadas. Y el Espíritu Santo es quien limpia, quien devuelve brillo, quien abre los ojos para ver luz donde solo había escombros.


Hoy dejemos que el Espíritu renueve nuestros ojos. Que nos enseñe a mirar con esperanza, a descubrir su paso discreto en medio de lo cotidiano. Que nos regale la certeza de que, aunque todo parezca perdido, su misericordia no faltará.”


®piedrasvivas

 
 
 

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