Del deseo al compromiso: la obra del Espíritu Santo.

¿Te ha sucedido alguna vez reconocer objetivamente lo que es correcto y al mismo tiempo experimentar una especie de parálisis interior para llevarlo a cabo? Eso que experimentamos tiene nombre: “voluntad herida” y san Pablo logró plasmarla de manera clara: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”.
Nuestra voluntad humana quedó agrietada por el pecado original y una triple herida cohabita en nosotros como fruto de esta lesión: En la dimensión cognitiva nuestra razón quedó oscurecida en su capacidad para conocer la verdad plena sin error. La dimensión volitiva (la voluntad), debilitada en su capacidad para orientarnos eficazmente hacia el verdadero bien. Y en la dimensión afectiva, -nuestros sentimientos-, quedaron desordenados haciendo que los deseos e impulsos predominen a menudo sobre la razón y la fe.
La consecuencia de estas heridas hacen que claramente nos sintamos indecisos y sin vigor para el bien. Pero debemos ser precisos, no estamos huérfanos de fuerza.
El Padre Alírio Pedrini señala que el Don de Fortaleza es el recurso divino para «secar esta fuente del mal» que nos habita.
No es simplemente un esfuerzo humano, es una «musculatura espiritual» que el Espíritu Santo infunde para restaurar esa capacidad de decisión que perdimos
Pablo afirmaba «no hago el bien que quiero» (Rom. 7,19), pero seguramente el poder de Pentecostés le habrá hecho descubrir como la Fortaleza viene en socorro de nuestra infirmitas (falta de firmeza) para hacerlo decidido en la búsqueda de Dios.
El don es un regalo que nos permite no solo desear la santidad, sino tener la garra para ejecutarla día tras día, venciendo la pereza del alma que nos quiere detener.
¿Lo pedimos juntos?
Ven, Espíritu Santo,
Derrama con poder el don de Fortaleza.
Que llenos de Tu Gracia
podamos caminar en santidad.




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