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Dios te cuida, Él atenderá tu oración

(Don de lágrimas – parte XXI)

Un día, el profeta Ezequiel tuvo una visión. En ella, la voz poderosa de Dios gritaba a un hombre que traía en la cintura un tintero de escriba: “Recorre la ciudad, el centro de Jerusalem, y marca con una cruz la frente los que gimen y suspiran debido a tantas abominaciones que en la ciudad se cometen” (Ez 9,4). Dios que ve las lágrimas y los dolores de los que sufren por no conformarse con las injusticias y maldades de este mundo, coloca en ellos su marca: el sello del Dios vivo impreso en la frente de los salvos (cfr. Hch 7,2 ss) Debes saber que, por los innumerables sufrimientos que estas enfrentando, Dios te marcó, y Él mismo lo tendrá en cuenta.

El Creador sabe lo que tanto necesitas. El conoce tus deseos, tus pedidos, las intenciones de tu corazón. Él sabe inclusive lo que no te atreves a pedir. Y conoce lo que te hace sufrir, lo que te hace llorar. Porque existen cosas que la gente no cuenta a nadie –o por falta de coraje o porque las personas no irían a comprender. Es ahí donde la persona llora escondida. Son lágrimas secretas que los otros no pueden ver y gemidos que ellos no consiguen oír. Pero si en nuestro corazón deseamos tanto una cosa, que ese deseo haga a nuestra voz gemir y a nuestros ojos llorar; aunque las personas no entiendan nuestro sufrimiento, podemos tener la certeza de que nuestro deseo está delante de Dios (Sal 37,10).

Dice San Agustín que nuestros gemidos no siempre llegan a los oídos de las personas con quienes vivimos, trabajamos y convivimos, pero nunca están lejos de los oídos de Dios. Durante nuestra vida entera nos han enseñado a no llorar. “Guárdate las lágrimas”, decía mamá. “Hombre que es hombre no llora”, decía papá. De cierta forma fuimos entrenados para contener el llanto. Hasta en nuestra vida espiritual, de oración, nos enseñaron que lo importante es la fe, y que el sentimiento no vale de nada. Como si la persona rezase sólo con la cabeza y no con el corazón. Quien reza con el corazón reza con los sentimientos. Reza también con los gestos: rodillas dobladas, brazos levantados, cabeza baja, manos abiertas, sonrisa en los labios o lágrimas en los ojos. En la oración, nuestro cuerpo también reza.

El don de lágrimas, el corazón compungido, el llorar por los propios pecados revelan que entendí que pecaba, porque en vez de procurar en Dios la verdad, mi realización, mi fuerza y mi crecimiento, yo lo procuraba en las cosas y en las personas: en mí y en los otros. Por eso mismo, me sumergía de cabeza en el dolor, en la oscuridad y en la mentira. El llorar revela que reconozco que el peso del pecado se volvió insoportable para mí. Es la hora en que caen mis máscaras y entiendo que no necesito aparentar una cosa que no soy para que Dios me ame. Cuando lloro, por gracia de Dios, me rindo en las manos del Padre. No me escondo más. No me quedo a la defensiva. Apenas me acepto como el Padre del Cielo también me acepta. Si deseas vivir esa experiencia en Dios, debes saber que Él te ama con tus luchas y fragilidades, con tus esfuerzos y tus pecados, seas hombres o mujer, rico o pobre. Si queremos, podemos dejar caer, ahora, delante de Él, todas nuestras máscaras. Porque Dios no ama lo que hacemos o aparentamos ser. El nos ama. El ama quien eres. Te ama a ti.

En el llanto, yo me acepto y me comprendo porque fui capaz de admitir mis sentimientos y mis fragilidades. Quien no se acepta no consigue comprender a las personas, pues ni siquiera se comprende a sí mismo. Por eso, es bueno entender que existe un sentimiento de pesar que es bueno, porque me revela a mí mismo, me hace abrir al otro y me arranca del egoísmo. Es muy diferente del sentimentalismo, que me hace preocupar sólo por mi mismo, por las cosas que quiero y por mis propios sentimientos.

El don de lágrimas no es para que las personas se conmuevan al verme llorar y sientan pena por mi, es una manera de expresarnos delante de Dios (cfr. Rm 8,26) Es gracia derramada, don concedido. Llega trayendo alegría y un sentimiento de profunda satisfacción y de gran plenitud. El don de lágrimas es una señal de la llegada y del derramamiento del Espíritu Santo, es la fuerza y el consuelo de una total consagración a Jesús.

Una persona después de leer sobre este don me describió su experiencia: “Desde que tuve mi encuentro personal con Jesús, diferente de las otras personas del grupo, no oro en lenguas ni caigo en descanso en el Espíritu. Pero, desde el primer día, soy tomada por un llanto incontrolable, algo diferente de las lágrimas de dolor o de alegría. Es un llanto que lava, que limpia, que da una sensación de que voy a flotar. Hasta el día en que alguien me dijo que existe el don de lágrimas y que había sido bautizada por el Espíritu Santo en el momento en que derramé aquellas primeras lágrimas. Hoy, el fenómeno continua aconteciendo siempre que entro en oración y que el Espíritu Santo me toca”.

Todos los que experimentan este don garantizan que, así como en el don de lenguas, sucede también un despertar profundo del alma para unirse a Dios –un despertar que envuelve todo nuestro ser, inclusive nuestro cuerpo. Y todo eso va más allá de nuestro raciocinio y palabras manifestándose en lágrimas.

Marcio Mendes Libro: “O dom das lágrimas” Editorial Canção Nova. Adaptación del original en portugués

 
 
 

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