El que quiera perseverar que reciba a Nuestro Señor
- rccrecreo

- 13 sept 2022
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La cuaresma de San Miguel es un tiempo fuerte de oración de batalla donde podemos experimentar el Amor de Dios que nos sostiene. Pero queremos compartirte en este día una de las formas en que podemos ser tocados por ese poderoso Amor. Queremos hablarte sobre la Eucaristía y las gracias que son derramadas por Su Preciosísima Sangre.

La Sagrada Eucaristía, la sagrada comunión, es el misterio mas profundo de amor que Jesús tiene por nosotros. Piensa cuánto amó al mundo que esa Comunidad de Amor, que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, -la Santísima Trinidad-, viviendo en una perfecta comunidad de Amor quiso mostrar ese mismo amor “encarnándose” el Verbo, y aún más, quiso llevar a la plenitud esa muestra de amor salvándonos, entregándose por amor y para ello quiso mostrarlo del modo más radical: ofreciéndose a sí mismo, muriendo para salvarnos de la muerte eterna. Pero dice san Pedro Julian Eymart que ese amor no era suficiente para el Corazón de Jesús que siempre, siempre quiere amar más y fue entonces que instituyó la Santísima Eucaristía. Como una muestra de Amor.
«El que quiere perseverar que reciba a nuestro Señor. Es un pan que alimentará sus pobres fuerzas, que lo sostendrá. Y es la Iglesia que lo quiere así. Ella aprueba la comunión diaria, como lo atestigua el Concilio de Trento. Hay gente que dice que tenemos que ser muy prudentes... Yo les digo que este alimento tomado con intervalos tan prolongados no es más que un alimento extraordinario, pero ¿dónde está el alimento ordinario que debe sostenerme a diario?»
San Pedro Julián Eymard
En la Santísima Eucaristía está presente donándose, queriendo unirse a nosotros, escondido bajo las apariencias de pan y de vino esta presente Jesús en Su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Un amor donado para que podamos experimentar y recibir sus gracias.
Este día es un día en que debemos entender que Él quiere estar con nosotros para curarnos, para sanarnos de todo mal. Es un día en que Él quiere hacerse presente para darnos una vida completamente nueva, una vida plena, curando nuestras miserias desde las más hondas, arraigadas y difíciles hasta las mismas simples.
«El que no comulga no tiene más que una ciencia especulativa; no conoce nada sino palabras, teorías, de las cuales desconoce el sentido... El alma que comulga no tenía primeramente sino una idea de Dios, pero ahora, lo ve, lo reconoce a la sagrada mesa».
San Pedro Julián Eymard
La gracia más profunda, la mayor que el Señor otorga es la de la “comunión con Él”.
San Agustín dice que aquello que comemos se transforma en nosotros mismos, y pone el ejemplo del pan que al comerlo, por el metabolismo se acaba transformando en nosotros mismos. Pero en la Sagrada Comunión sucede lo contrario, es decir, somos nosotros los que nos transformamos, nos conformamos con Él. Es así, porque Él está dispuesto a transformar nuestro corazón.
El sacramento de Jesús, especialmente Su Preciosísima Sangre tiene la capacidad de curar cosas que para los médicos son imposibles.

El p. Rufus Pereira se encontraba predicando a unas hermanas que son enfermeras, su carisma es hospitalario.
Durante el retiro la madre superiora aún sabiendo que el estaba cansado por la prédica, pero conociendo el amor que tenía por los enfermos, le pidió orase especialmente por una mujer que tuvo grandes dificultades en su embarazo y que habiendo dado a luz a su bebe en el hospital se encontraba tan débil, tan flaca, que no conseguía tener fuerzas ni para amamantar al bebe. Ella se encontraba prácticamente todo el día postrada en la cama. Quien estaba al cuidado del bebe era la abuela, ella era quien todo hacía pues la debilidad de la madre era grande. El padre Rufus oyendo lo dicho expresó que era imposible ir al hospital porque acabando el retiro tenía otros compromisos pero pidió hiciesen todo lo posible para que ella pudiese participar de la Santa Misa; El padre pensaba que podía quedarse sentada quietita en un banco, pero al llegar vio que las hermanas habían montado una hamaca casi enfrente del altar. Quedó ciertamente al principio un poco incomodo, pero le llamó la atención la fe que manifestaban las hermanas, y solo preguntó si sabían si aquella mujer tenía fe. Comenzó la misa y en ella habló de las elevaciones que se hacen durante la celebración del Pan Eucarístico.
La primera es la elevación a la hora de las ofrendas, cuando se ofrece lo que es fruto del trabajo del hombre, (eleva el pan y eleva el vino), la segunda elevación es la elevación a la hora de la consagración. La Iglesia nos enseña que ese momento llamado transubstanciación es el momento en el que el pan deja de ser pan, el vino deja de ser vino, -aún cuando permanece la apariencia de pan y vino-, es el mismo Jesucristo; pasa a ser algo totalmente distinto, es el mismísimo Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor.
La tercer elevación es aquella en la cual el Sacerdote hace la entrega: “Por Cristo, con Cristo y en Cristo…” pero existe una cuarta elevación y es aquella cuando Él vine a unirse a nosotros, el sacerdote la eleva y dice: “El Cuerpo y la Sangre de Cristo” y lo recibimos.
El padre Rufus pidió a Jesús que, por misterio de Su Cuerpo y de Su Sangre, así como lo hacía cuando en la tierra la gente le pedía ser curada y le insistía a los discípulos que debían tener fe para pedir las sanaciones y gracias del Cielo, pidió al Señor que honrase Sus palabras y curase a aquella mujer que habían traído y llegándose a la hamaca, ante aquella la mujer que ni fuerzas tenía, le dio la Sagrada Comunión.
Al terminar la Misa se llegó nuevamente a la mujer y comenzó a agradecer al Señor por haberla sanando por los méritos de la Santa Comunión recibida. La mujer comenzó a sentirse mejor, pero el p. Rufus, no tuvo en ese momento la osadía de proclamar en fe la cura. El marido de la mujer, -que por cierto era un hombre de mucha fe dijo, que ella solo iba a estar curada cuando lograse caminar por sí misma. Fue entonces que el padre movido por el Espíritu dijo: “en el Nombre del Señor Jesús levántate” y en ese momento ella sola, sí misma, sentó. El padre cuenta que realmente fue movido por el Espíritu Santo y por las palabras del marido que le hicieron comprender que debía orar con fe, y proclamar en fe que había sido curada, y cuenta que en ese mismo momento sintió una voz en sus oídos que le hablaba y le decía: “habla como Jesús: “toma tu camilla y vete en paz”. Así lo hizo y al oír aquellas palabras la mujer tomó su hamaca y no volvió al hospital, sino que retorno a su casa.
El padre Rufus siempre ha insistido que esta cura aconteció, fue una gracia sucedida por la comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor, porque muchos tendían a ligar dicha cura al ministerio que el padre ejercía, al ministerio de sanación y liberación; pero él insistentemente decía que no era así. Siempre atribuyó esa sanación a la recepción con fe del Cuerpo de Cristo.

¿Qué gracia extraordinaria estas necesitando?
La gracia que el Señor quiere derramar está de acuerdo con nuestra fe.
Muchos podrán decir, pero ¡¿cómo hacer para comulgar bajo las dos especies? ¿Cómo podrán acontecer esas gracias extraordinarias si además por causa de la pandemia en ninguna parroquia se puede comulgar de ese modo?
Debes tener claro, muy en claro lo que la Iglesia nos enseña: que cuando recibimos el Cuerpo de Cristo, en la partícula aún más pequeña, ahí está presente Jesús, en Su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
Esta es la hora en que debemos despertar nuestro interior, en que nuestra Fe se torne viva y eficaz. Es la hora en que debemos acercarnos al Banquete donde no solo somos alimentados sino verdaderamente curados, restaurados, sanados, fortalecidos.
Debemos acercarnos no sólo con fe, sino en gracia, en estado de gracia y mientras vamos camino al altar, a ser revigorizados en lo más hondo, debemos ir clamando, suplicando, pidiendo con fe intensa que aquellas gracias que necesitamos acontezcan.
Es el momento de pedirle al Señor que cure aquellas cosas que nos impiden perdonar, que nos impiden caminar, que nos torturan la mente, que nos quitan la alegría.
Si estas buscando una gracia para tu familia, si estas necesitado ser consolado es el momento oportuno, porque es el momento en que el Señor más consuelo derrama.
Hoy, queremos invitarte a correr hacia esa fuente de Gracia.
Correr hacia donde esta siendo ofrecido ese Alimento que da Vida Eterna. Es el momento de salir corriendo si es necesario primero confesarte, pedir perdón.
Este el momento de renovar nuestra fe. De proclamar que creemos realmente que Él, Nuestro Señor, después de la oración consagratoria esta presente realmente en Su Cuerpo, en Su Sangre, en Su Divinidad, para salvarnos.
No debemos esperar el momento previo a ir a misa para comenzar a clamar a Jesús aquello que debe ser clamado desde este mismo momento.

Este es el tiempo oportuno para decirle a Jesús: “yo te pido que la próxima vez que vaya a recibir Tu Cuerpo, suceda en mi la transformación, la cura, la liberación, que Tú tienes preparada. Yo creo que al recibirte mi corazón va a ser diferente, que la Santa Comunión Contigo me traerá la sanación interior que necesito para ser un hombre nuevo, una mujer nueva, para que mi vida sea transformada por completo en mi cuerpo y en mi corazón, para estar mas cerca de Tu vida, Jesús. Y te lo pido por intercesión de Tu Madre Santísima”
Es necesario comenzar a preparar nuestra “comunión” en este mismo momento.
Es posible que en tu diócesis, en tu región aún no estén aconteciendo las celebraciones públicas o es posible que estés dentro del grupo de riesgo que no puede acercarse, pero sí puedes hacer tu comunión espiritual con fe. Todo es posible para aquel que cree. Pide perdón, realiza contricción perfecta, pide la gracia que por los méritos de la Santa Comunión sea visitado tu corazón. Y confía lleno, llena de esperanza, de tal manera que un día puedas sentir aquel ardor de caridad que hacía exclamar a San Juan Crisóstomo:
"Retirémonos de esa Mesa como leones que despiden llamas, terribles para el demonio, considerando quién es nuestra Cabeza y qué amor ha tenido con nosotros... Esta Sangre, dignamente recibida, ahuyenta los demonios, nos atrae a los ángeles y al mismo Señor de los ángeles... Esta Sangre derramada purifica el mundo... Es el precio del universo, con ella Cristo redime a la Iglesia...
Semejante pensamiento tiene que frenar nuestras pasiones. Pues ¿hasta cuándo permaneceremos inertes? ¿Hasta cuándo dejaríamos de pensar en nuestra salvación? Consideremos los beneficios que el Señor se ha dignado concedernos, seamos agradecidos, glorifiquémosle no sólo con la fe, sino también con las obras"
Letanías de la Preciosa Sangre
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo óyenos.
Cristo escúchanos.
Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios Espiritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Santa Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.
Sangre de Cristo, hijo único del Padre Eterno, sálvanos
Sangre de Cristo, Verbo encarnado, sálvanos
Sangre de Cristo, Nuevo y Antiguo Testamento, sálvanos
Sangre de Cristo, derramada sobre la tierra durante su agonía, sálvanos
Sangre de Cristo, vertida en la flagelación. Sálvanos
Sangre de Cristo, que emanó de la corona de espinas, sálvanos
Sangre de Cristo, derramada sobre la Cruz, sálvanos
Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación, sálvanos
Sangre de Cristo, sin la cual no puede haber remisión, sálvanos
Sangre de Cristo, alimento eucarístico y purificación de las almas, sálvanos
Sangre de Cristo, manantial de misericordia, sálvanos
Sangre de Cristo, victoria sobre los demonios, sálvanos
Sangre de Cristo, fuerza de los mártires, sálvanos
Sangre de Cristo, virtud de los confesores, sálvanos
Sangre de Cristo, fuente de virginidad, sálvanos
Sangre de Cristo sostén de los que están en peligro. sálvanos
Sangre de Cristo, alivio de los que sufren, sálvanos
Sangre de Cristo, consolación en las penas, sálvanos
Sangre de Cristo, espíritu de los penitentes, sálvanos
Sangre de Cristo, auxilio de los moribundos, sálvanos
Sangre de Cristo, paz y dulzura de los corazones, sálvanos
Sangre de Cristo, prenda de la vida eterna, sálvanos
Sangre de Cristo que libera a las almas del Purgatorio, sálvanos
Sangre de Cristo, digna de todo honor y de toda gloria, sálvanos
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
V.- Nos rescataste, Señor, por tu Sangre.
R.- E hiciste nuestro el reino de los cielos.
Oremos
Dios Eterno y Todopoderoso que constituíste a tu hijo único Redentor del mundo, y que quisiste ser apaciguado por su sangre, haz que venerando el precio de nuestra salvación y estando protegidos por él sobre la tierra contra los males de esta vida, recojamos la recompensa eterna en el Cielo.
Por Jesucristo Nuestro Señor.
Amén



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