ES TIEMPO DE LLENAR
- rccrecreo

- 19 ago 2022
- 10 Min. de lectura
A lo largo de estos días de la “cuaresma de San Miguel” hemos podido experimentar y caer en la cuenta que, de cierta forma nuestra vida, nuestro ser entero, puede ser comparado con una casa invadida por “usurpadores”, que se encuentre habitada por extraños. Es posible incluso que nos hayamos encontrado con moradores desconocidos dentro de nosotros mismos.

Estamos dedicando jornadas completas clamando sean quitados bloqueos y, con la gracia de Dios, estamos seguros que han sido desalojados muchos de aquellos que ocupaban espacios que no les pertenecían a los usurpadores. Eran obstáculos para la gracia, impedían la intimidad con el Señor. Pero una vez que fueron desalojados, que fue removida la piedra mayor, es preciso llenar, no dejar vacío alguno, porque una casa vacía siempre será un llamador. Lo que fue desalojado y permanece deshabitado es una invitación a la usurpación. ¡Es tiempo de llenar!

Sí, es tiempo de llenarnos de la Gracia de Dios, que es el Espíritu Santo, el prometido del Padre. Aquel por quien Jesús dijo: “Es necesario que yo me vaya para que Él venga”, porque “si Yo no me voy, el Paráclito no vendrá”
¿Qué enviado es ese que el mismo Jesús se siente movido a decir: “es necesario que me vaya para que Él venga”? Porque una vez glorificado Él lo enviaría. Y se cumplirían así sus palabras: “enviaré un Agua Viva, un agua pura que los purificará de todos sus pecados”
Algunas veces en el caminar junto a Jesús podemos llegar a sentir que el seguimiento es complejo, difícil y cansador. Muchas renuncias se hacen presentes. “no conviene”, “no es el momento”, “no es oportuno…” y junto a ellas sobrevienen pesos que solo son soportables si nos encontramos anclados en un sitio firme.
La existencia de estos sentimientos, de estos pensamientos son como las luces de un semáforo, como las luces amarillas que prenden y apagan, que nos están diciendo ¡cuidado!. Es un indicio que puede, tal vez, manifestar que algo tal vez no está tan bien porque el caminar con Dios es una búsqueda de intimidad con el mismo Dios y es un continuo “si”.
Es un sí al proyecto de Dios, un sí a la alegría plena, completa que Él nos ofrece, una vida repleta al don del Espíritu Santo que es un don de paz, de bondad, de mansedumbre, de santidad.
Hemos barrido en estos días los sentimientos de rechazo, de culpa, miedo, inferioridad y falsas creencias; hemos renunciado a todo lo que no viene de Dios: al pecado; hemos aceptado el Señorío de Jesús, pero necesitamos ir aún más allá. Necesitamos llenar todos los vacíos que quedaron en nuestra casa, -que es nuestro corazón-, con el Don de los dones: con el Espíritu Santo.
Queremos traer a la memoria aquel encuentro que aconteció junto a un pozo de agua. fue en ese pozo conocido como el “Pozo de Jacob”. Dice la Palabra que se encontraba junto a él una mujer samaritana. Allí donde ella sacaba el agua para sus necesidades tuvo lugar un encuentro, a la hora del mediodía, que cambio el rumbo de su vida. Jesús, fatigado por el camino recorrido, le pidió agua y, ante la sorpresa de ella, escucha palabras que inquietan lo más hondo de su ser: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva».
Ella se atreve a responder: “no tienes con qué sacar agua del pozo y me dices que puedes darme agua, ¿de dónde la sacas?” y es entonces que el Señor le manifiesta lo que debe haber sido el golpe final:
“El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna».
Le estaba hablando del Agua que es Su Espíritu Santo, un agua que refresca, que significa vida. El agua es un bien preciado, un bien deseado porque sin ella nada puede subsistir.
Aquel que tiene Espíritu Santo es una fuente de atracción para los hermanos, para todos aquellos que andan sedientos; Aquel que tiene Espíritu Santo es buscado, es fuente de referencia porque en él se percibe vida. Atrae porque se convierte en manantial; No atrae por méritos propios, no atrae para sí mismo, atrae para el Señor.
Solo se vuelve instrumento, canal de la gracia.
Un testimonio vivo de lo que el Señor va haciendo cuando existe apertura a la gracia. ¿Tienes presente lo que aconteció con los apóstoles, con San Pedro, aquella noche de angustia suprema que vivió el Señor?
Ellos habían compartido largo tiempo con el Señor, ellos habían sido testigos de la multiplicación de los panes, habían visto con sus propios ojos la sanación de muchos enfermos, habían visto resucitar a Lázaro, caminar al que estaba siempre junto a la fuente de agua; habían visto desaparecer la lepra, habían visto expulsar demonios, es decir: ellos conocían, habían sido testigos de señales y de prodigios y aún así, cuando el Señor en aquella noche era tomado preso, no tuvieron otra reacción que huir. Salieron despavoridos por una simple y llana razón: no tenían aun Espíritu Santo.
Pedro, aquel que no mucho tiempo antes había dicho que daría la vida por el Señor, le niega no una, sino tres veces. ¿Qué paso con ese Pedro aguerrido, fuerte, hasta violento que se intimida al punto de salir corriendo? Simplemente no había aún recibido el poder de lo Alto, el poder del Espíritu.
Pedro solo contaba con sus propias fuerzas.
Nuestras fuerzas, tus fuerzas por más importantes que sean no te llevarán muy lejos. Cuando Pedro recibe en Pentecostés el Espíritu Santo se volverá un hombre intrépido en su apostolado al punto de dar su propia vida.
Se vuelve un hombre sin miedo.
Dirá el Santo Padre Francisco:
“El Espíritu es la unidad que reúne a la diversidad. Jesús no cambió a los apóstoles, no los uniformó, ni convirtió en ejemplares producidos en serie. Jesús dejó las diferencias que caracterizaban a cada uno de ellos”
Había dejado sus diferencias y, ahora, en Pentecostés, ungiéndolos con el Espíritu Santo, los unió. “La unión se realiza con la unción. En Pentecostés los Apóstoles comprendieron la fuerza unificadora del Espíritu.”

Cuando somos revestidos del Espíritu Santo una unción es derramada dando a nuestro mirar, hablar y hacer una expresión renovada.
Desbordamos Espíritu Santo. Brotan manantiales de Agua Viva.
Cuando el Señor es glorificado desborda ese Espíritu y nosotros necesitamos recibir de esa Agua Viva de manera permanente. Necesitamos ser como una esponja embebida de agua, los cristianos deberíamos ser ese tipo de esponjas que cuando nos estrujen brote Espíritu Santo.
Esa capacidad para ser lleno solo acontece cuando primero quitamos los bloqueos, cuando vaciamos lo que estaba lleno.
El momento oportuno es este, no otro.
El Señor no quiere esperar para darte ese Tesoro de Su gracia.
No podemos seguir dejando para mañana lo que puede que ser dado hoy.
En nuestro caminar vemos y escuchamos a hermanos que se acercan y expresan: “vengo hace tiempo caminando, he hecho retiros, participo de encuentros, colaboro en actividades parroquiales, pero hay algo que aún me falta, me doy cuenta que incluso hay vicios, situaciones que no puedo superar. Conozco, he tenido experiencia del Amor de Dios pero mi vida no da un giro radical…” ¿Te sientes identificado en algún aspecto?
No hay mucho por decir.
Es como ver a aquellos discípulos antes de Pentecostés. Falta Espíritu Santo.
El Espíritu Santo no es algo que se recibe, se toma y se sigue como si nada.
Cuando somos Bautizados por el Paráclito, se nos otorga ese poder que sólo él puede darnos. El Espíritu Sano no puede seguir siendo una afirmación, una idea. Necesitamos que sea no un “acontecimiento” ocurrido una vez en nuestras vidas, sino una realidad diaria, continúa. Necesitamos pedir que su efusión se renueve en todo momento. La Beata Elena Guerra, aquella que es conocida como “la apóstol del Espíritu Santo”, aquella que es llamada cariñosamente “la abuela de la renovación carismática” decía que debíamos vivir una novena perpetua al Espíritu Santo.
Esto marcará una diferencia en el caminar, en el anuncio, en el evangelizar, en el predicar, en el actuar, en el hablar, en los gestos, en las miradas, en la conducta porque será tal la unión con el Divino Espíritu que la vida será plenificada con los dones y los frutos del Espíritu Santo y solo entonces brotará la verdadera alegría, la que otorga plenitud, la que otorga una nueva visión de los acontecimientos, la que otorga claridad y entendimiento, la que trae la Sabiduría asistente del Trono.
No podemos resistir sin la Luz del Espíritu Santo en nuestras vidas, sin sus rayos otorgándonos gracias infinitas y con Él nuestra casa, nuestro corazón, nunca estará vacío, no será un lugar que pueda ser “intrusado”, invadido. Pero debemos tener en claro que estando Él presente seguiremos teniendo luchas, batallas, y tal vez la batalla con las fuerzas del mal se vuelvan más encarnizadas, más comunes, porque el espíritu de tinieblas no se quedará quieto, muy por el contrario, buscará los modos de robar, de fastidiar, incomodar, agobiar, mortificar, afligir y acontecerá en nosotros esa batalla espiritual, pero el Espíritu Santo claramente es más fuerte.
Cuando predomina el espíritu de las tinieblas no es porque exista debilidad en el Espíritu de Dios sino porque no es invocado, no se busca su asistencia, no se lo desea.
¡Si un ángel de la Guarda tiene el poder de vencer el infierno entero, piensa lo que puede el mismo Espíritu de Dios! ¡No lo deja en pie!
Pero necesita ser invocado.
Es necesario decir continuamente: ¡Ven sobre nosotros!
Eso fue Pentecostés, una gran reunión de clamor, de espera del Espíritu Santo. Allí estaba la primitiva comunidad junto a María Santísima.

Es importante esa “reunión”, esa fuerza oracional de la comunidad cuando el espíritu de las tinieblas nos quiere derrumbar. El Espíritu del mal siempre intentará aislarnos, intentará dejarnos solos porque encontrará menos resistencia.
Una comunidad no puede subsistir si no hay oración de los unos por los otros. No puede haber ministerios que perduren si no hay un ejército oracional detrás, una comunidad sosteniendo porque claramente en los ministerios, se trate del ministerio que sea, lo que se ve es una “pequeña parte”, pero lo que sostiene es ese “resto de pueblo de Dios” clamando, pidiendo, orando. Es como un iceberg, solo vemos lo que está sobre el agua, pero el iceberg sin lo mas grande que permanece escondido no existe.
El Espíritu Santo es el que viene a traer la unidad en la diversidad, es el que viene a santificar y tiene poder para dar vida nueva a lo que es viejo.
Es preciso aprender a presentarnos continuamente al Espíritu Santo.
Presentarnos y relacionarnos desde y en el estado en el que nos encontramos. Es necesario tener en los labios y en el corazón un continuo ¡Ven, Espíritu Santo!, presentando nuestro corazón tal como está, no del modo que quisiéramos esté. ¡Es necesario clamar con pasión diciéndole “Ven, Agua Viva! ¡Aquí tienes tierra por vivificar!
¡Ven, Viento impetuoso! ¡Ven a llevar lejos los aires del temor, de la fatiga, de la duda! ¡Ven, Fuego abrasador! Ven a incendiar lo que débilmente está humeando, ven a calentar lo que se ha vuelto tibio.
¡Manifiesta en mi vida, en la vida de mis hermanos, Tu Poder, Tu Unción, Tu armoniosa Presencia!
Ven a traer unidad a lo que esta dividido dentro de mi.
Ven a ordenar el caos que tienen mis pensamientos.
¡Ven por la poderosa intercesión de María, tu amadísima Esposa!
Clamar Espíritu Santo debe ser la primer oración que deben aprender tus hijos.
Debe ser la primer oración que debes orar con tu esposa al despertar.
Pedir Espíritu Santo no requiere ciencia, no requiere instrucción, pues es una oración que brota, que surge con el mismo poder que es expulsada la lava de un volcán. Es un clamor que no se puede contener, que conmueve las mismas entrañas, que convierte los corazones tímidos en lenguas de fuego.
Que le invitan a ser y actuar desde la sencillez del corazón humilde que solo atina a decirle:
¡Ven porque te necesito! ¡Ven, Espíritu Santo preciso de Ti!
Espíritu Santo no permitas que me salga de los caminos del Señor.
No permitas que me distancie del corazón del Señor.
No permitas que caiga en la Tentación, en la angustia de la soledad y la duda.
Me abro a tu acción. Otórgame tus dones, aquellos que me santifican, aquellos que me alcanzan la contricción perfecta. Derrama los dones que edifican a mis hermanos, que construyen el Reino, que son causa de gracia para los otros.
Dame inteligencia, dame tus frutos; Otórgame mansedumbre y paz; Bondad y magnanimidad.
Es preciso dejar que Él mismo conduzca, direcciones nuestra oración; debemos permitir que sea El quien oriente, quien movilice nuestro clamor.
Debemos dejar que Él nos guie hacia aguas refrescantes, que nos lleve hacia aguas más profundas. Y permitirle animar lo desanimado, fortalecer lo debilitado, darnos visión espiritual ante los acontecimientos del diario vivir.
La experiencia con el Espíritu Santo es siempre nueva, no se deja “enjaular”, no tiene formulas.
La experiencia del Bautismo en el Espíritu no tiene formulas, no tiene método, no se rige por un rito. La experiencia del Espíritu Santo es una expresión de aquello que es Él mismo: libertad absoluta. No necesita de imposición de manos, no necesita siquiera de invocación.
Pero sí deja marcas, se deja percibir. No hay modo de no reconocer a aquel que fue sellado por el Espíritu Santo porque es realmente una criatura nueva.
Nos gusta decir que en verdad el Bautismo en el Espíritu Santo cambia hasta el propio ADN de la persona.
Si existiese la posibilidad de comparar el ADN antes y después del Bautismo quedaríamos atónitos ante lo que veríamos porque es tan profunda y misteriosa la transformación operada, el poder que es derramado en ese instante de gracia, que todo, absolutamente todo es cambiado
El Bautismo en el Espíritu Santo hace nacer una nueva criatura.
El Bautismo en el Espíritu Santo encharca el corazón con el Amor de Dios, abre la mente a la comprensión de las verdades divinas, un amor profundo por la Palabra que adquiere vida y se vuelve una espada de doble filo que todo lo discierne.
Una persona que ha tenido esta experiencia en el momento de la prueba, de enfrentarse con dificultades que superan las fuerzas no recurre primeramente a aquellos amigos, conocidos a quienes antes recurría. Lo primero que hace es pedir auxilio a Aquel que es el más íntimo entre los íntimos, a Aquel que vive, que reside en lo mas hondo; a Aquel que orienta, que otorga luz, que fortalece.
Ante una dificultad no será el WhatsApp lo primero que utilizará, ni un mensaje de texto, ni una llamada telefónica. Lo primero será invocar al que es su Abogado, su protector; el defensor, a aquel que verdaderamente puede consolar, a Aquel que es el Paráclito.
Siempre tendremos necesidad del consuelo humano, pero el consuelo del Espíritu Santo no tiene comparación. Sin desmerecer las presencias humanas cercanas, amigas, no hay consejo ni presencia que se le pueda asemejar porque Él alcanza a todos sin importar el modo en que nos encontremos,
Que ningún día de tu día acontezca sin Espíritu Santo, sin clamar, sin llamar, sin invocar. Aquel que ha sido tal vez el gran desconocido durante mucho tiempo; Aquel que aún sigue siendo el gran desconocido de muchos hombres y mujeres quiere hacerse presente para alivianar los pesos del camino. El Espíritu nos hace resucitar de nuestros límites, de nuestros muertos, porque tenemos tantas, tantas necrosis en nuestra vida, en nuestra alma.
El Espíritu Santo en la vida de un evangelizador no es como el agua de un dique que está contenida, parada, sino que es como un río impetuoso que corre, que no deja de moverse, que se renueva y a su paso va reanimando, refrescando, reverdeciendo, reavivando y haciendo resurgir lo que esta necesitado de vida.



Amén