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¿ESPÍRITU ENLATADO?


De mi padre guardo bellos recuerdos de los “viajes inesperados” y de los “viajes sin tiempo” que le gustaba emprender. Con él las vacaciones eran para nosotros una especie de “Jurassic Park”, sabíamos cuando comenzaban, de dónde salíamos pero difícilmente donde terminaríamos. Pero no es de esto a lo que quiero referirme. Solo viene a cuenta de un día que, andando caminos de Córdoba, en un lugar del que ni siquiera puedo recordar su nombre, aparece con una “lata” en su mano que decía: “Aire en lata de la Sierras de Córdoba”.


Algunas veces corremos el enorme riesgo en nuestros grupos de oración, en los ministerios de la renovación y en los más diversos ámbitos eclesiales, de querer enlatar al Espíritu Santo ofreciéndolo como un “Recuerdo” semejante al “aire de la sierra”.

Y aquí, en lo que a esto refiere, mis palabras deben silenciarse para dejar que sea Fray Raniero Cantalamessa quien nos instruya con la claridad de su discernimiento:


“El viento es la única cosa que no se puede de ninguna manera atrapar, ni “embotellar” o enlatar para ponerlo en circulación. Lo hacemos con el agua y hasta con la energía eléctrica, que puede ser acumulada y encerrada en pilas. Pero con el viento, no. Ya no sería viento, es decir, aire en movimiento: en todo caso sería aire parado, muerto.
Pretender encerrar al Espíritu Santo en conceptos, definiciones, tesis, como en otros tantos botes o latas, como ha intentado hacer el racionalismo moderno, significa perderlo, desperdiciarlo.
Pero hoy otra tentación análoga, aunque opuesta, a la racionalista, y es la de querer encerrar al Espíritu Santo en “latas” eclesiásticas: cánones, instituciones, definiciones. El Espíritu crea y anima las instituciones, pero no puede ser institucionalizado él mismo. El viento sopla donde quiere, asimismo el Espíritu reparte sus dones como quiere (cfr. 1 Cor. 12.11).
Al Espíritu Santo no se le puede “canalizar” rígidamente, ni siquiera en los llamados “canales de la gracia”, como si él no fuera libre de actuar incluso fuera de ellos. El Concilio Vaticano II ha reconocido que el Espíritu Santo “ofrece a todo ser humano la posibilidad de ser asociado al misterio pascual, de un modo que sólo Dios conoce”. El viento es el símbolo más elocuente de la libertad del Espíritu.”

F. Raniero Cantalamessa

Meditaciones sobre el Veni Creator

Pg. 37-38 – Ediciones Paulinas

 
 
 

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