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HABLAR, CALLAR


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“El verdadero profeta, cuando habla, calla” (Filón de Alejandría)


Calla porque en ese momento, y no es él quien habla, sino otro. Se ha hecho un misterioso silencio en su interior, como cuando uno se aparta respetuosamente para dejar paso al rey. Él mismo es arrastrado por la palabra que pronuncia, y si hay consideraciones humanas que intentan impedirle exteriorizar un pensamiento concreto, siente en sus huesos “un fuego devorador que no puede contener” (cfr. Jn 20,9) y pronuncia esa frase en tono aún más alto. Nos quedamos confusos y atemorizados ante Dios que dice a su anunciador, pobre criatura pecadora: “Tú serás mi portavoz” (Jn 15.19)


Esto no se produce con la misma intensidad durante un discurso entero o una homilía. Son momentos. A Dios le basta una frase, una palabra. El anunciador y los oyentes tienen la sensación como de unas gotas de fuego que, en un momento dado, se mezclan con las palabras del predicador, haciéndolas incandescentes. El fuego es la imagen que expresa de manera menos imperfecta la naturaleza de esta acción del Espíritu. Por eso, en Pentecostés, él se manifestó en forma de “lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos” (Hch. 2,3) De Elías se lee que era “como un fuego, su palabra quemaba como antorcha” (Ecl 48,1) y en el libro del profeta Jeremías el propio Dios declara:


“¿No es mi palabra fuego, oráculo del Señor, y martillo que tritura la roca?” (Jer. 23,29)


Raniero Cantalamessa

Meditaciones sobre el Veni Creator

Pg. 280 – Ed Paulinas

 
 
 

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