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LA CONVERSIÓN DE CORNELIO - Ícono sinodal

Estamos ante un Pentecostés eterno. Alrededor de una mesa, los apóstoles con Pedro en el centro y Cornelio y su familia a su derecha. De la mano de Dios Padre fluyen las llamas del Espíritu Santo, iluminando a todos y dándoles vida filial. La comprensión mutua, la colaboración, la comunión de los hombres, la unidad de la humanidad no es solo una realidad horizontal, sino un don que viene de Dios Padre y que debe ser acogido. Este regalo es el amor de Dios revelado por la Pascua de Cristo.

El centro de la imagen es, pues, el Cordero pascual (cf. Ap 5,6), inmolado, pero vivo, recto y orientado radicalmente hacia el Padre. Su herida nos sigue recordando que la sinodalidad es un don que nace del corazón de Cristo. El mantel con varios animales se extiende sobre la mesa (cf. Hechos 10:28-29). No hay nada impuro a los ojos de Dios. La mujer cananea (cf. Mt 15,21-28), la que, pidiendo humildemente la gracia de la curación para su hija, recordó al Señor que hasta los perritos comen las migajas que caen de la mesa, muestra que todos son bienvenidos a la mesa del Cordero.

 
 
 

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