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LO SIETE DOMINGOS DE SAN JOSÉ - Tercer Domingo



El dolor: cuando la sangre del niño Salvador fue derramada en su circuncisión. La alegría: dada con el nombre de Jesús.


Oh ejecutor obediente de las leyes divinas, glorioso San José: la Sangre Preciosísima que el Redentor Niño derramó en su circuncisión te traspasó el corazón; pero el nombre de Jesús que entonces se le impuso, te confortó y llenó de alegría.


Por este dolor y este gozo alcánzanos el vivir alejados de todo pecado, a fin de expirar gozosos, con el santísimo Nombre de Jesús en el corazón y en los labios.


Padrenuestro, Ave y Gloria.


MEDITACIÓN.

Habiendo venido el Mesías para dar cumplimiento a la ley, quiso someterse humildemente al martirio de la circuncisión; Terminada la ceremonia, impuso al Niño Dios el adorable nombre de Jesús, según mandato que de lo alto había recibido. Y ¡con qué dulzura, con qué amor, con qué afectos de confianza, con qué reverencia pronunciaría José, por vez primera, este nombre de salud, consuelo de nuestra vida y esperanza de nuestra muerte!

Jesús, nombre dulcísimo, nombre sobre todo nombre, por el cual nos será concedido todo lo que pidamos; nombre obrador de milagros, que al oírlo, se postran en adoración los cielos, salta de júbilo y esperanza la tierra, tiemblan de pavor los infiernos. Jesús, nombre del que brota leche suavísima y casto vino para las almas puras, pan de fortaleza para los débiles, manantial de delicias infinitas para los santos, y esperanza y amor y salud de todos.

Grábese este nombre en nuestras almas, palpite en nuestros corazones, sea la miel de nuestros labios, el adiós de nuestra despedida del 'mundo, y el saludo y principio de nuestra glorificación perdurable.

 
 
 

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