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LOS SIETE DOMINGOS DE SAN JOSE - Sexto Domingo

El dolor: a regresar a su Nazaret por el miedo a Arquelao. La alegría: al regresar con Jesús de Egipto a Nazaret y la confianza establecida por el Ángel.


Oh ángel de la tierra, glorioso San José, que has podido. admirar al Rey de los cielos, sometido a tus más mínimos mandatos; aunque la alegría al traerle de Egipto se turbó por temor a Arquelao, sin embargo, tranquilizado luego por el ángel, viviste dichoso en Nazaret con Jesús y María.


Por este dolor y este gozo, alcánzanos la gracia de desterrar de nuestro corazón todo temor nocivo, poseer la paz de conciencia, vivir seguros con Jesús y María y morir también asistidos por ellos.


Padrenuestro, Ave y Gloria.


MEDITACIÓN

En los siete años que duró el destierro de la santa Familia, iba creciendo el Niño Jesús; y al cabo de este período, el ángel del Señor se apareció de nuevo a San José, y le avisó que el cruel Herodes había muerto y que podía volver sin recelo a Nazaret.


«Volvamos, se dijeron, volvamos a la casa del Señor llenos de gozo.» ¡Qué dulce es el regreso a la patria, después de largos y amarguísimos años de destierro! Con qué santos afectos Jesús, María y José desandarían aquel largo camino tan penoso, acortado ahora con la esperanza de volver al suelo natal, regado ya con la sangre preciosísima de Jesús! Este gozo se turbó con la inquietud que inspiraba a José la tiranía de Arquelao, hijo de Herodes, que reinaba en Judea, quien ciertamente hubiera dado muerte al Niño Jesús, si le hubiera descubierto.


José determinó por esto establecerse con su divino hijo y su castísima esposa en Galilea para librar al Niño de la persecución, y el cielo aprobó la prudencia de José y premió el celo paternal con que le defendía. Así es cómo las almas piadosas de delicada conciencia andan siempre temerosas de perder a Jesús.

 
 
 

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