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LOS SIETE DOMINGOS DE SAN JOSÉ - Séptimo domingo


El dolor: cuando sin culpa pierde a Jesús, y lo busca con angustia por tres días. La alegría: al encontrarlo en medio de los doctores en el Templo.


Oh modelo de toda santidad, glorioso San José, que habiendo perdido sin culpa tuya al Niño Jesús, le buscaste durante tres días con profundo dolor, hasta que, lleno de gozo, le hallaste en el templo, en medio de los doctores.


Por este dolor y este gozo, te suplicamos con palabras salidas del corazón, intercede en nuestro favor para que jamás nos suceda perder a Jesús por algún pecado grave. Pero, si por desgracia le perdiéramos, haz que le busquemos con tal dolor que no hallemos sosiego hasta encontrarle benigno sobre todo en nuestra muerte, a fin de gozar en el cielo y cantar eternamente con Vos sus divinas misericordias.


Padrenuestro, Ave y Gloria.


MEDITACIÓN

¿Quién podrá concebir lo acerbo del dolor de San José cuando al regresar del templo echó de menos A Jesús? Consideren los que son padres, qué amargura sentirían en su alma al perder un hijo tierno y muy querido; y si ese hijo es el único, y si es la hermosura, la bondad, la sabiduría mismas, ¿qué palabras habrá que expresen lo sumo del padecimiento?

Madres ha habido que, habiendo desaparecido su hijo por sólo una hora, llegaron a perder el juicio de dolor. Orígenes asegura que San José, en los tres días que perdió al divino Jesús, padeció más que todos los mártires; pero en aflicción tan grande ni murmuró, ni perdió la paz del alma, ni la parte superior de su espíritu se vio turbada por movimientos de impaciencia ó de tristeza desordenada. Los dolores de María acrecentaban los del santo Patriarca, y solícito y diligente buscó al divino Niño noche y día, preguntando por él con las palabras del Cantar de los Cantares:


«¿No habéis visto al amado de mi alma? Conjuróos, oh hijas de Jerusalén, que si hallareis a mi amado, le digáis cómo desfallezco de amor.»


A medida de tan grande pena fue el gozo que experimentó San José, cuando halló al sapientísimo Niño en el templo disputando con los doctores. Con qué ternura le abrazaría bañado en lágrimas de amor y gratitud; con qué palabras afectuosas le declararía los padecimientos de su madre santísima y los suyos propios; con qué vigilante cuidado le llevaría a la paterna casa, sin apartar los ojos del tesoro infinito que acababa de recobrar.

 
 
 

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