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Nadie sabe el día ni la hora

Con frecuencia nos damos cuenta demasiado tarde del valor de cada instante, de que nos afanamos, nos preocupamos y hasta nos estresamos por cosas que no tienen verdadera importancia... mientras descuidamos capacidades y valores que, a la larga, satisfacen más y son los auténticamente «importantes». La vida tiene un plazo, (y pocas veces llegamos a saber «el día y la hora», como en la película mencionada), pero el final es algo fuera de toda duda. Y sería muy triste descubrir que no le hemos sacado provecho al tiempo disponible.

Esto no significa entrar en un ritmo frenético, y empeñarnos en bebernos la vida a grandes tragos; ni dedicarnos a buscar continuamente experiencias nuevas, o límite (drogas, sexo, alcohol, velocidad...), como queriendo pasar por todo, sin pausa, sin sentido, solo «acumulando»/consumiendo vivencias. Se trata más bien de priorizar, de discernir, de elegir aquello que realmente me enriquece y es valioso, me hace crecer como persona, me hace más humano, y vivirlo todo con sentido.

Con un lenguaje propio del género apocalíptico (y que por lo tanto, no hay que entender literalmente), Jesús nos ha dicho que «el cielo y la tierra pasarán. El día y la hora nadie la sabe». Y, sabiendo interpretar los signos, como el rebrotar de la higuera que anuncia el verano, hay también muchos signos en la naturaleza que nos hablan de nuestras limitaciones y caducidad y de la necesidad de aprender a vivir de otras maneras: las pandemias, el calentamiento global, las inundaciones, el volcán de La Palma, las Danas y «Filomenas». No controlamos todo (aunque nos guste creérnoslo), y todo puede cambiar en breve tiempo. En definitiva: la vida nos enseña a ir "aprendiendo la muerte".


Basta con escucharla, verla, seguirla... como hacía Jesús.

Ella nos explica la muerte poco a poco, o de golpe, según los días.

Unas veces sin hacernos ningún daño. Otras, dislocándonos de dolor.

Unas veces subrayando nuestras pequeñas muertes cotidianas,

otras, golpeándonos con la muerte de aquellos que tanto amamos.

La muerte se aprende cuando, al peinarnos por la mañana, se nos caen los cabellos;

cuando nuestros pies pisan las hojas de los árboles caídas,

cuando perdemos el diente que nos ha dolido tanto tiempo;

cuando nos salen las primeras arrugas,

cuando podemos decir, al contar pequeños recuerdos: «hace 10, 20 ó 30 años»...

Cuando nos regalan unas flores para celebrar ese año menos antes del último.

La muerte se aprende cuando nos encontramos con quienes

conservan nuestra infancia en el recuerdo,

y para quienes seguimos siempre siendo pequeños;

cuando la memoria flaquea, la enfermedad nos visita...

Cuando disminuyen las visitas a los vivos y se alargan las visitas a las tumbas.

La muerte se aprende en cada adiós definitivo de los seres queridos,

porque, aunque sepamos por la fe, que ya han llegado a su Destino,

nosotros nos quedamos con la carne abierta, protestando, herida,

porque se nos ha muerto una parte de nosotros mismos...

La vida es nuestra maestra de muerte, pero también es maestra de vida...

«Cuando veáis todas estas cosas, sabed que el señor está cerca, a la puerta»

Madeleine Delbrel, “Morirás de muerte

Cuesta menos dejar la vida cuando ha sido aprovechada bien y mucho, para crear vida alrededor, como hace la naturaleza, incluso vida a partir de la muerte. Cuesta menos dejar la vida cuando sabemos que hemos crecido, que hemos desarrollado nuestras mejores capacidades, cuando somos conscientes de haber amado mucho. No es necesario consumir ni experimentar cuanto más mejor, sino vivir con sentido, disfrutando los pequeños momentos, sabiendo elegir, y siendo conscientes de que «sólo tenemos toda la vida» para cuidar nuestro espíritu, nuestro yo... que es lo que perdurará por toda la eternidad. ¡Ay, si pusiéramos el mismo esfuerzo en cuidar nuestro interior, que el que ponemos en cuidar este exterior que, querámoslo o no, se va desmoronando poco a poco, y a veces muy deprisa!

Para vivir nuestra vida «bien» nos acompañan dos esperanzas o promesas: el encuentro final o llegada del Hijo del hombre, y que sus palabras no pasan.

Saboreo, para terminar, las palabras de Narciso Yepes: "Desde que convivo con la enfermedad, pienso más en la muerte que antes. La voy sintiendo cercana y amiga; en definitiva, nada terrible. Sí, me inquieta irme sin haber tenido tiempo suficiente para cumplir la misión que Dios me haya encomendado. El día que sienta plenamente el convencimiento de que he acabado mi tarea en la tierra, el paso por esta vida habrá sido una fiesta, y el marcharme será el inicio de una fiesta nueva".


Quique Martínez de la Lama-Noriega, CMF

Imagen de José María Morillo

Publicado por Portal Ciudad Redonda

 
 
 

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