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Tercera aparición de San Miguel Arcángel en el Gargano en la Dedicación


Era el día 8 de mayo del año 493 cuando el obispo de Siponto, San Lorenzo Maiorano, fue con sus fieles al Gargano para conmemorar el tercer aniversario y “realizar las celebraciones de la ofrendas” (5); pero ni el obispo, ni los fieles se atrevieron a entrar en la gruta celestial: “insistían con oraciones delante de las puertas” (6); El obispo no se contentaba con estas prácticas de devoción, sino que deseaba entrar y celebrar los divinos misterios, dedicando la gruta para el uso de la Iglesia Católica. Atemorizados y llenos de respeto, al oír entonar himnos angelicales, no osaron entrar, y consideraron necesario saber el parecer del Sumo Pontífice. Enviada la comunicación al Papa San Gelásio, que se encontraba en el Monte San Silvestre, considerando prodigiosas las apariciones allí ocurridas, respondió que, “si correspondiese a nosotros determinarlo, sería el día 29 de setiembre en memoria de la victoria conseguida sobre los bárbaros, pero aguardemos el oráculo del Príncipe Celestial. Nosotros, con un triduo en honra de la Santísima Trinidad, imploraremos la respuesta. Ustedes, con sus fieles, harán lo mismo”. Ante esta respuesta, el obispo Lorenzo invitó a siete obispos vecinos a encontrarse en Siponto el día 21 de setiembre, tanto para la oración y el ayuno, cuanto también para participar de la dedicación. Los siete obispos, con gran número de personas vinieron a Siponto a tributar obsequios al Gran Arcángel.

El afectuoso serafín protegió a los siete obispos “en la sombra de sus alas” (7); pues durante el viaje, se apareció como un águila de tamaño tan grande, que con la sombra los protegía de los rayos calientes del sol, y con el movimiento de las alas, enfriaba el aire, proporcionándoles alivio. Reunidos en Siponto el día 26 de setiembre, comenzaron el ayuno, las vigilias, las oraciones y los sacrificios, de la misma manera que en Roma lo hacía el Papa San Gelásio. Se alegró la Divina Majestad correspondiendo a las oraciones de sus siervos, pero reservó a San Lorenzo la honra de recibir la tercera aparición.

En la noche siguiente al ayuno de tres días, San Miguel, al revelarse lleno de luz, le dijo: “Gran Lorenzo, abandona la intención de consagrar mi gruta. Yo la escogí como mi palacio, y con mis ángeles ya la consagré. Tú verás las señales impresas, y mi imagen, el altar, el estandarte y la cruz. Solamente debes entrar a la Gruta y, bajo mi asistencia, hacer oraciones, celebra mañana el Santo Sacrificio para que el pueblo pueda comulgar, y verán como santifiqué aquel templo”. Lorenzo no esperó el día, que era jueves, sino que en el mismo momento comunicó a sus hermanos obispos y al pueblo sobre los divinos favores. Y, al amanecer, todos con los pies descalzos se dirigieron en procesión en dirección a la gruta Sagrada.

En la primera hora el viaje no fue fácil, pero en las siguientes, bajo los ardores del sol, la subida de la escarpada montaña se volvió penosa. Más allá de esto, no dejó de brillar la fuerza benéfica de San Miguel: aparecieron cuatro águilas de tamaño gigantesco, dos de las cuales con su sombra protegían a los señores obispos de los rayos del sol, y dos con sus alas refrescaban el aire.

Cuando la Sagrada Comitiva llego a lo alto del Monte Gargano no quisieron entrar dentro de la Basílica Celestial, pero levantaron en la entrada un altar y San Lorenzo comenzó la Santa Misa. Al entonar el Himno del Gloria, todos oyeron melodías celestiales viniendo del interior de la gruta; entonces, invitados y alegrados por ellas, con Lorenzo al frente, entraron en la gruta. De la entrada sur, ellos pasaron por un amplio atrio, que se extendía hasta la entrada norte, donde encontraron una roca con las insignias de las pisadas de San Miguel. Allí ellos descubrieron la parte oriental de la basílica celestial, a la cual se llegaba por peldaños. Al entrar por la pequeña puerta, vieron la imagen milagrosa de San Miguel que fue traída del Cielo, mostrándolo en el acto de someter a Lucifer.


Lorenzo prosiguió cantando el Te Deum, y fue entonces que descubrió en el fondo de la sagrada gruta, escondido en la niebla, llena de la Gloria de Dios, un Altar que surgía de la piedra, consagrado por San Miguel, adornado con una Cruz de cristal de cinco palmos y un estandarte rojo, símbolo de la caridad. Siete maravillas allí contemplaron:


1) Las pisadas;

2) La imagen;

3) La cruz;

4) El estandarte;

5) Las dotas admirables;

6) La fuente milagrosa,

7) La “rendija” misteriosa.


San Lorenzo, prosiguió el Santo Sacrificio de la Misa, mientras los otros obispos dedicaron tres altares, e inmediatamente alimentaron al pueblo con el Pan de los Ángeles.

Esta fue la milagrosa Dedicación de la Basílica de San Miguel en Gargano, por lo cual la Santa Iglesia venera la memoria el día 29 de setiembre.

No fueron solamente estos los portentos que acontecieron, sino muchas gracias de todo tipo que el pueblo experimentó: enfermos curados, ciegos que comenzaron a ver, innumerables cojos que se enderezaron.


¡Cuán Bondadoso es San Miguel para quien lo honra!

¡Cuán poderoso es su brazo!

Muchas maravillas de San Miguel Arcángel.




Referencia

1) “Ingentia miracula” cfr. BARONIO, César. Annales Ecclesiastici. In: CAVALLIERI, Marcello. Il pellegrino al Gargano Ragguagliato della possanza beneficante di S. Michele nella sua celeste basilica. Macerata: E. In Bassano, 1690, p.39

2) Antífona del Oficio de Lecturas del día de la Fiesta e los Santos Arcángeles. In: LITURGIA DE LAS HORAS V. IV. Petrópolis: Voces. San Pablo: Paulinas/ Paulus / Ave María 1999, p. 1313

3) Ex 8,15

4) Cfr. CAVAGLIERI, Marcello. Il pellegrino al Gargano. Ragguagliato della possanza beneficante di S. Michele nella sua celeste basilica. Macerata: Ed. Bassano, sec XVIII

5) Cfr. CAVAGLIERI, Marcelo. Il pellegrino al Gargano. Ragguagliato della possanza beneficante di S. Michele nella sua celeste basilica. Macerata: Ed. Bassano, sec. XVIII P.186

6) “Multa magnalia de Michaele Archangelo”. Antífona del Antiguo oficio de lecturas del día de la Fiesta de los Santos Arcángeles. En: BREVIARIUN MONASTICUM. Roma: Ex Typographia Bartholomaei Zannetti, 1613, p.628

7) Sal 16,8

 
 
 

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