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Aparición de San Miguel en Roma


Según San Gregorio de Tours en 590 una terrible peste asolaba Roma y alrededores. El nuevo papa, San Gregorio Magno ordenó que para implorar misericordia a Dios, todos los clérigos, religiosas y seglares de Roma elevasen súplicas incesantes al Altísimo.


Se ocupó de distribuir a los fieles según las diaconías o distritos romanos: el papa, sus presbíteros y diáconos en la iglesia de Santos Cosme y Damián, los monjes en la iglesia de Santos Gervasio y Protasio, y las monjas en la basílica de Santos Marcelino y Pedro. Los niños fueron situados en la iglesia de los santos mártires Juan y Pablo, las viudas se congregaron en la iglesia de Santa Eufemia y los casados en la basílica de San Clemente.

Cada grupo estaría acompañado por los presbíteros de cada distrito, que entonarían los salmos penitenciales. Así, turnándose y sin cesar, estos grupos orarían y harían ayuno durante tres días.

Al cabo, de estas súplicas, todos irían en procesión penitencial llevando la imagen de la Santísima Virgen (que es una de aquellas que se dice fueron pintadas por San Lucas) desde Aroceli hasta la Basílica de Santa María la Mayor, para implorar el auxilio de la Madre de Dios.

Durante la procesión cayeron muertas unas 800 personas.

Esta descripción nos permite imaginar la impresionante liturgia vivida.

Pasaron los tres días, cuando el día 25 de abril, a las tres de la tarde, cada sección salió de su recinto llorando y demandando piedad a lo alto, cuando al tomar el puente sobre el río Tíber, se vio aparecer sobre el mausoleo de Adriano al ángel Miguel, con una espada de fuego en alto. El ángel, con gesto solemne, envainó la espada, dando a entender que la plaga cesaba por la súplica confiada del pueblo y por haberle quitado él la espada del Ángel exterminador.


El Arcángel, junto con un grupo de ángeles, que estaban alrededor de la santa imagen llevada por el pontífice, entonó este canto, alegrándose con la Santa Virgen por la Resurrección de su Divino Hijo: “Reina del Cielo, alégrate, Aleluia. Pues el Señor, a quien mereciste llevar en tu seno, Aleluia. Resucitó como dice, Aleluía.” (1).

San Gregorio agregó estas palabras: “Ruega a Dios por nosotros, aleluia”.

Gracias a San Miguel y a la Santísima Virgen, Roma fue liberada de este tremendo flagelo, y en memoria de esta aparición, en honra a San Miguel Arcángel, fue edificada una magnífica Iglesia, y el local denominado Castillo del Santo Angel (2).


El 29 de septiembre del 610 el papa Bonifacio IV consagró definitivamente aquel sitio dedicándolo a San Miguel, llamándose desde entonces y hasta hoy "Castel Sant'Angelo". Ese día con el tiempo, sería la fiesta de San Miguel Arcángel. En el museo del Capitolio puede verse una piedra con una huella que, supuestamente, sería la del santo arcángel. Todo lo recoge, Gregorio Turolense, que dice haberlo escuchado de la misma boca de un diácono romano que estuvo allí presente en el milagro.


En las calamidades públicas, San Miguel consuela a quien lo invoca y honra.


Referencia

(1) En: ORACIÓN DE LAS HORAS. Perópolis: Voces. San Pablo: Pualinas/ Paulus/Ave María, 1999, p.755

(2) En italiano “Castel Sant´Angelo”


 
 
 

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