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Camino de Adviento

SABADO DE LA PRIMER SEMANA DE ADVIENTO

Dispongamos nuestra alma para el nacimiento del Salvador, consideremos, en nuestra oración, que la preparación más urgente es:

Ø Renunciar al pecado

Ø Expiar el pecado por la penitencia.


MEDITACIÓN PARA EL DÍA

PRIMER PUNTO

Es necesario renunciar a todo pecado:

Cuando un soberano o algún gran personaje debe venir a habitar en alguna parte, el primer responsable en cuidar a tal persona y tener la honra de recibirlo lo que hace es limpiar el aposento que le reservaron, quitando de él toda mancha, toda suciedad que podría molestar. Jesucristo debe, en Navidad, venir a nacer y reinar en nosotros, dirigiendo Él mismo nuestros sentimientos y procedimientos. Nos toca, por lo tanto, expulsar de nuestro corazón, no sólo todo pecado, sino todo apego al pecado, principalmente a ciertos pecados preferidos, en que caemos tantas veces, y que hemos disculpado y justificado con frecuencia en nosotros mismos, a pesar de los reclamos de nuestra consciencia. Nos toca no solo llorar nuestras distracciones voluntarias en sí mismas o en sus causas, nuestras palabras poco caritativas, nuestras mentiras, nuestra sensualidad; sino también extinguir la mala disposición que genera esas disculpas, la falta de devoción que causa estas distracciones, la secreta aversión de donde proceden tantos pecados contra la caridad, el espíritu de orgullo, que nos induce a decir innumerables mentiras para que nos tengan en cuenta, el amor desordenado a nosotros mismos, que conduce a la sensualidad. Tan ciegos estamos que nos agarramos de las ramas y olvidamos el tronco y de las raíces de donde se nutren las ramas. Nuestra tarea será separarnos de todas las ocasiones de caída, tales como ciertas compañías que corrompen, ciertas ligaciones que nos arrastran, ciertas relaciones que nos pierden. Examinemos aquí nuestra conciencia.


SEGUNDO PUNTO

Es necesario expiar el pecado.

Y para ello dos cosas son necesarias: el espíritu de penitencia y las obras de penitencia.


El espíritu de penitencia

¿Como vendría Nuestro Señor a nosotros si no viese en nosotros un verdadero arrepentimiento por haberlo ofendido, si los gemidos de nuestro corazón lleno de pesar y de dolor no le dijesen que le amamos, que deploramos nuestro triste pasado, y que queremos para el futuro servirle mejor? ¿Son estas nuestras disposiciones? ¿Es verdad que nuestros pecados nos afligen, que tenemos de ellos un extremo dolor, esto es, mayor que de todos los males que puedan sobrevenirnos, un dolor sobrenatural, producido por el Espíritu Santo y fundado en los motivos de la fe, un dolor universal que, abarca todas nuestras culpas sin excepción? ¿No nos dejan nuestros pecados, la mayor parte de las veces, tan tranquilos, tan indiferentes como si fuésemos inocentes? ¿De dónde proviene esto sino de que ese pesar no puede ser producido sino por la gracia, la gracia sino por la oración, y de que no rezamos o rezamos mal, de que no meditamos lo suficiente sobre el horror del pecado, de los dolores que causó a Jesús en Su Santa Pasión, y el mal que nos hace a nosotros mismos?

Si, cuando pecamos, supiésemos que perderíamos uno de nuestros ojos o incurriríamos en el desagrado de uno de nuestros superiores detestaríamos esa culpa y la lastimaríamos amargamente después de haberlas cometido.

Jesús, ¡qué poca fe tenemos! Perder nuestra alma, incurrir en el odio, desagradarte, o mi Dios, como lo hacemos pecando, ¿no es este un mal mayor al de todos los males imaginables? Señor, mueve mi corazón; que sienta la desgracia de ofenderte o desagradarte, y llorar mis culpas, principalmente durante este santo tiempo.


Las obras de Penitencia

Si el espíritu de penitencia es verdadero en nosotros, él nos inspirará las obras de penitencia, porque todo el pecado, hasta el perdonado, debe ser punido en este mundo o en el otro. Ahora, la penitencia en este mundo es mucho mas suave y meritoria que las penas de la otra vida. Basta con aceptar voluntariamente, por espíritu de expiación, todas las tribulaciones que nos sobrevienen y hacer de la necesidad una virtud; basta mortificar nuestra voluntad, nuestros deseos, nuestros gustos, nuestro genio, privarnos de algunos pequeños gozos, que importan muy poco a la salud, no rechazar la gracia de ninguno de los sacrificios que se nos piden y estas obras de penitencia, lejos de ser penosas, llenarán el alma de consolación. Se encuentra en ellas incomparablemente mal dulzura que amargura. Examinemos aquí delante de Dios, que ve lo íntimo de los corazones, si tenemos el espíritu de penitencia, y si hacemos obras de penitencia.


Tomemos la resolución

Ø Vigilar sobre nosotros para evitar el pecado;

Ø Aceptar, por espíritu de penitencia, todos los trabajos e incomodidades que puedan sobrevenirnos.



Nuestro ramillete espiritual será la palabra de Isaías:


“Preparen el camino del Señor” (Isaías 40,3)



 
 
 

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