COLOCA TU MANO SOBRE MI
- rccrecreo

- 19 sept 2022
- 10 Min. de lectura

Hay una realidad que toca cada vez más las puertas de nuestras casas: la depresión. No buscamos analizarla desde sus aspectos técnicos, médicos, sino acercarnos a ella para orar porque nuestro Dios es el Dios de todo consuelo que busca estar presente y cercano de aquellos que transitan esta realidad.
Así como el Ángel Gabriel fue enviado a María para decirle: “Dios está contigo!”, del mismo modo en este día el Señor está enviando sus Ángeles para decirnos las mismas palabras: “Dios está contigo! en medio de esa oscuridad que estas viviendo, de ese vacío, de esa angustia que atormenta tus noches y tus días, de esa falta de deseos de vivir, de levantarte de la cama, de caminar la vida, de trabajar, de desplegar tus capacidades. En esos momentos en que ni voluntad logra surgir de tu interior para expresar amor a quienes son parte de tu misma vida.
Pidamos juntos la asistencia del Divino Arcángel San Miguel

Lo primero que queremos hacer es traer a la memoria, recordar juntos, acontecimientos y sobre todo personas de la Sagrada Escritura cuya vida estuvo marcada, sellada por tiempos de grandes angustias. Y Claramente el primero es nuestro mismo Salvador, Nuestro Señor Jesucristo. No estamos de ninguna avalando, ni siquiera sugiriendo que él haya enfrentado o padecido depresión, sino que Él ha conocido en carne propia un “componente” que suele formar parte del amplio espectro de la depresión, un sentimiento que se suma, acompaña y potencia la depresión: la angustia.
En el huerto de Getsemaní las Escrituras ponen un momento de la vida del Señor significativamente marcado por ese sentimiento de angustia. Es tan grande, tan profundo lo vivido y experimentado por nuestro Salvador que dice la Palabra que llega a sudar sangre. La medicina llega a explicarlo. La angustia era suprema. Quien padece de depresión puede comprender de qué estamos hablando, tiene una gran capacidad de vislumbrar qué sentimientos deben haber invadido la oración de Jesús en ese momento; Muchos son capaces de tocar de alguna forma ese sentimiento del Señor y el Espíritu Santo lo trae aquí, al principio de este subsidio, para ayudarte, para ayudarnos a percibir que nuestro Señor se hizo cercano a nosotros a través de los dolores más dramáticos de la vida humana.
Al acercarnos a la vida de Jesús podemos ver que todo lo que él vivió fue un modo de asumir, de cargar sobre sí nuestros dolores más hondos y mostrarnos que no estamos solos ni desamparados en nuestras luchas interiores. Vivimos claramente luchas exteriores, y nos levantamos, luchamos, nos revestimos de coraza, de fortaleza, son verdaderos duelos, pero las luchas más difíciles son las interiores, las que hieren lo que nadie ve, lo que solo unos pocos perciben.
El Antiguo Testamento nos trae la figura de un gran profeta: Jeremías, un hombre lleno de celo, de fervor, pero completamente perseguido, atormentado al punto de maldecir del día en que nació. Pues eso nació dentro de él, el deseo de no haber nacido aun sabiendo que Dios tenía el poder para salvarlos.
“Maldito el día en que fui engendrado, el día en que mi madre me parió no sea bendito. Maldito el hombre que anunció a mi padre: “Te ha nacido un varón”, dándole una gran alegría. Ojalá que hubiera sido ese día como las ciudades que el Señor destruyó sin compasión; que escuche gritos de alarma en la mañana y alaridos de guerra al mediodía. ¿Por qué no me mató en el vientre? Habría sido mi madre mi sepulcro, y yo eterna preñez de sus entrañas. ¿Por qué salí del vientre para pasar trabajos y fatigas y acabar mis días derrotado?» Jeremías 20
Elías, es el gran profeta de Israel, él obra grandes y portentosos milagros. Pero se siente solo, abandonado, fracasado, exhausto y llegando a decirle al Señor: ¡Basta, hasta aquí llegué, no doy más, quítame la vida! Y en ese momento de desolación profunda vive una experiencia con Dios tan intensa e insondable que es reanimado, fortalecido, y levantado del lugar donde se encontraba.
Querida hermana, querido hermano: en ésta desolación presente no estas solo. Está contigo el mismo Dios que estuvo con Jeremías, el mismo Dios que estuvo con Elías, el mismo Padre del Cielo que estuvo con Jesús acompañando su angustia.
Un Dios que te ama, que te salva, que reanima, que fortalece, que envía sus Ángeles.
Este es el día oportuno para invocar la presencia de Arcángel San Rafael, aquel que cura lo que necesita ser sanado en nuestro corazón y mente.
No menos dolorosa ha sido la experiencia de una valiente mujer, Noemí en el libro de Rut. Todo parecía marchar con normalidad hasta la muerte de todos los hombres de la familia, -su esposo y sus hijos-, El panorama era desolador: una anciana judía en tierra extranjera con dos jóvenes nueras que no tenían la obligación de permanecer junto a ella. Procura entender bien la situación: esas mujeres habían quedado en la calle; en la antigüedad las mujeres no heredaban, solo los hombres. Así que allí estaba Noemí, pensando qué haría ella en una tierra que no era suya, con todos sus años encima y sin heredad.
Los cuadros de angustia que llevan a depresiones tienen siempre un “gatillo”, algo que las dispara, que la pone en marcha. Necesitamos orar, necesitamos ver que desencadenó, qué provocó lo que estamos padeciendo. Y Dios no solo manda un consuelo humano, sino un consuelo divino a través de Sus Ángeles y Arcángeles. Dios siempre coloca personas a nuestro lado, se encarga de acercarnos a alguien que actúa en nuestro favor, aliviando las tensiones, la soledad.
Estamos tratando de hacerte comprender la depresión desde una perspectiva espiritual, no clínica ni médica. No olvidamos de ninguna manera que esta realidad puede y tiene de hecho en muchos casos una raíz biológica, causada por una deficiencia hormonal o un factor genético lo que hace preciso y necesario la actuación de profesionales competentes del campo de la salud, hombres amparados en el campo del conocimiento, de la ciencia que es otorgada por Dios, pero deben ser hombres y mujeres que tengan una perspectiva espiritual, abierta al actuar de Dios.
La visión espiritual no niega de ninguna manera la necesidad en muchos casos de la utilización de medicamentos, pues sabemos y la misma palabra nos enseña y nos manda a recurrir a los médicos.
Durante esta cuaresma hemos tomado contacto con el testimonio de Priscila que quisiéramos compartirte. Ella nos decía:
“Tengo depresión desde hace algo más de 15 años. He hecho terapia, recurrido a los profesionales adecuados y he mejorado mucho, pero en los últimos tiempos todo estaba pareciendo volver. Surgieron momentos de crisis de ansiedad y de mucha angustia. Esta última semana pasé por momentos duros, deprimida, con sentimientos de gran soledad y angustia; con ganas solo de llorar, y pensamientos suicidas. Ayer por la noche se hicieron aún más intensos cuando de repente recordé que acontecía el momento oracional en vivo del ejército de San Miguel y me decidí a asistir. Derramé durante la oración todo mi corazón y se desataron todas mis lágrimas. Yo venía teniendo un acercamiento con mi Ángel de la Guarda, pero en ese momento me sentí más unida a él, y sentí al mismo tiempo que, a mi Ángel, se unían el santo Padre Pío y San Miguel, me abrazaban, me envolvían y cubrían con un bálsamo mis depresiones. Quedé de tal manera fortalecida, revigorizada, que ni voluntad de dormir tenía porque me sentía una persona completamente feliz y nueva.”
Hemos querido traerte este testimonio de Priscila para comprender que los tratamientos, el acercamiento a los profesionales de la salud no es una alternativa, es algo debido, es algo imprescindible, pero revela a la vez la presencia de un Dios que actúa, que “reacciona” ante lo que acontece en nuestras vidas. Que nos trae sanación espiritual y la certeza de Su cercanía que actúa en medio del desgaste emocional, del cansancio, de la tristeza, de la angustia que se desata.
Esta realidad no es ajena a sacerdotes, consagrados, misioneros y evangelizadores que llegan a experimentar de alguna manera situaciones muy complejas por el fuerte desgaste emocional y mental que acarrean determinados ministerios. La historia nos presenta muchos santos que pasaron por situaciones de gran tribulación, que enfrentaron cuadros de depresión, pero no podemos dejar de decir a la vez que ellos experimentaron los frutos de esos momentos porque Dios nunca permitirá pasar por situaciones de tal naturaleza sin sacar frutos de dicha circunstancia.
Una santa decía que cuanto más alto queremos levantar una catedral, más profundamente debemos poner los cimientos. Dios de alguna manera hace lo mismo. Cuanto más alto quiere levantarnos más quiere, necesita trabajar nuestros cimientos. Es por ese motivo que Dios mismo va cavando algunas veces cada vez mas hondo nuestra tierra, tocando nuestras desolaciones, nuestras angustias, para poder cimentar Su obra.
No estamos afirmando que lo que estás viviendo, lo que estás enfrentando es un deseo de Dios, pero sí podemos afirmar que es algo que Dios lo permite dentro de Su plan de salvación por un bien mayor. Lo que importa en estos momentos es no dejar que se borre en nuestro corazón la certeza que Dios está presente, que Dios todo lo puede hacer, que Dios nos Salva y nuestra esperanza en Él debe ser grande.
¡Cuántos problemas y sufrimientos entraron en nuestras vidas por medio de una tristeza o dolor! Muchos de nosotros nos sentimos marcados y continuamos padeciendo por causa de heridas de nuestro pasado. Existen dolencias en el cuerpo que surgen en razón de problemas emocionales: dolores de cabeza, úlceras, gastritis, problemas de columna, insomnio, etc. ¿Quien puede negar las innumerables perturbaciones psicológicas causadas por el desamor y otras heridas del alma?! Son muchas las personas sumergidas en tristeza, soledad, miedo, depresión, desentendimientos, confusión mental, vicios, etc. Debemos mucho de nuestra fragilidad espiritual a cuestiones no resueltas de nuestra historia.
Jesús puede curarnos de esas heridas emocionales.
La oración de sanación interior es un medio precioso por el cual El nos restaura.
¿Con que fuerza Dios nos sana? ¿Qué es esa fuerza restauradora del Espíritu Santo? San Mateo revela ese secreto con gran profundidad: “El asumió nuestros dolores y cargó con nuestras enfermedades” (Mateo 8,17)
La fuerza de sanación de Jesús esta en su capacidad de sufrir.
El nos sana cargando nuestras dolencias. En sus heridas encontramos el remedio a nuestras heridas.
La sanación es la restauración de la amistad con Dios y de todo equilibrio destruido. Es volver a vivir de verdad, para que el alma y el cuerpo hagan las paces entre sí, de modo que las relaciones tóxicas que dejaban a la persona enferma sean curadas.
Todos estos sentimientos, todas estas situaciones que han sido descritas puede que estén presentes en tu día, o que la hayas experimentado, o tal vez las puedas llegar a pasar o sean, tal vez, algo que padecen personas que amas y conoces.
Necesitas, necesitamos, saber orar, y orar de hecho por estos cuadros angustiantes y depresivos con una oración muy simple, sencilla, pero llena de fe y confianza infinita. Nuestro amado santo padre Pío nos ha dejado una forma de hacerlo
¡Quédate, Señor, conmigo!,
pues preciso de Tu Presencia para no olvidarme de Ti
pues Tú sabes cuán fácilmente te puedo abandonar.
¡Quédate, Señor, conmigo!
Porque soy débil y preciso de Tu Fuerza para no caer.
¡Quédate, Señor, conmigo!
Porque eres mi vida y sin Ti pierdo el fervor.
¡Quédate, Señor conmigo!
Porque eres mi Luz y sin Ti reina la oscuridad.
¡Quédate, Señor, conmigo!
Para mostrarme Tu Voluntad
¡Quédate, Señor, conmigo!
Para que oiga Tu Voz y te siga.
¡Quédate, Señor, conmigo!
Porque deseo siempre permanecer en Tu compañía
¡Quédate, Señor, conmigo!
Si quieres que te sea fiel.
¡Quédate, Señor, conmigo!
porque por más pobre que sea mi alma,
Quiero que se transforme en un lugar de consuelo para Ti, un nido de amor.
¡Quédate, Señor, conmigo!
Porque se hace tarde y el día llega a su fin, la vida pasa,
y la muerte, el juicio y la eternidad se aproximan.
Necesito de Ti para renovar mis energías y no pararme en el camino.
Se está volviendo tarde, la muerte avanza y tengo miedo a la oscuridad
las tentaciones, la falta de fe, la cruz, las tristezas,
Cuánto preciso de Ti, mi Jesús,
En esta noche de exilio.
Quédate conmigo Jesús en esta noche,
Pues a lo largo de la vida con todos sus peligros, yo preciso de Ti.
Que te reconozca como te reconocieron
Tus discípulos al partir el pan a fin de que la comunión eucarística
sea la luz que discipe mis oscuridades;
La fuerza que me sustente, la única alegría de mi corazón.
Quédate, Señor conmigo porque a la hora de mi muerte quiero estar unido a Ti,
sino es por la comunión,
al menos por la gracia y por el amor.
¡Quédate, conmigo Jesús!
No pido consolaciones divinas porque no las merezco
Sino apenas el presente de Tu presencia,
Eso sí, te suplico: ¡Quédate, Señor, conmigo!
Pues solo a Ti es a quien procuro,
Tu Amor, Tu Gracia, Tu Voluntad,
Tu Corazón, Tu Espíritu, porque Te amo
Y la única recompensa que te pido es poder amarte siempre más.
Con amor absoluto deseo amarte de todo corazón.
Mientras esté en la tierra para continuar
Amándote perfectamente por toda la eternidad.
Amén.
Querida hermana, querido hermano que estás pasando por ese valle de lágrimas, por ese valle tenebroso, ten la certeza que todo pasa.
Teresa de Calcuta pasó por 50 años esa oscuridad, y aún así mostró siempre su sonrisa. Percibirás que eso que parece destruirte el Espíritu Santo sabrá usarlo para configurarte con el rostro del Divino Salvador, Tu Señor, y podrás testimoniar la gracia y la valentía con la cual atravesaste ese valle tenebroso con la certeza que Dios está contigo porque el Señor es nuestro auxilio, el Señor es nuestra esperanza, nuestra Roca, nuestra fortaleza, aun en medio del desaliento.
Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza.
Salmo 23
¡Señor Jesús, suplico por mi cuerpo y por mi espíritu!
Sufro con las consecuencias de mis errores y de mis fragilidades. Por eso, tantas veces me siento abatido y desequilibrado. Ando nervioso y con dificultades para amar a las personas. Por todas las cosas negativas que ya viví, mi corazón se volvió rancio. Con el fuego de tu Espíritu Santo, disuelve mis pecados, ilumina mis tinieblas, calienta mi frialdad espiritual y quema todos mis miedos. Libérame de las cadenas de mis condicionamientos para que sea conducido solamente por Ti.
Señor, cúrame de todo dolor y tristeza que aún pesa en mi alma. Saca de mi todo sentimiento de fracaso. Renuncio a todo pensamiento maligno que me inquieta y atormenta para que yo no tenga paz. Renuncio a toda tentación que opera para que yo no vea solución a mis problemas. Se que todo eso se refleja en la salud de mi cuerpo y por eso me siento cansado y enfermo. Jesús, coloca tu mano sobre mi y cúrame. ¡Señor, Tú puedes sanarme! ¡Señor, ayúdame ahora!
Me coloco en tus manos así como estoy: espiritualmente débil y lleno de problemas. Socórreme pues estoy aplastado debajo de este fardo. Dame la sanación de esas heridas que surgieron con mi fragilidad espiritual. Líbrame, libra a mi familia y a la gente querida de los cautiverios del miedo, de la depresión, de los desequilibrios nerviosos y de los problemas mentales. De toda postración que entró en mi vida por el sentimiento de derrota, de toda angustia nacida por el miedo de fracasar, de toda idea de muerte, de todo pensamiento infernal, ¡líbranos hoy por tu Sangre Redentora!
Jesús, tú eres mi Señor. Es de ti que viene la paz. ¡Llena, en este momento, mi corazón con tu paz!
¡Amén!



Comentarios