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Cuando el corazón se paraliza y la ternura lo libera


Mi abuela solía repetir un dicho muy común entre los que van pintando canas, “la vejez no viene sola” y mientras lo decía se acariciaba sus rodillas, las que cada día estaban más tiesas y duras y dificultaban su caminar. Y ahora yo, cuando el tiempo va pasando factura, reconozco en esa expresión que mi memoria sigue oyendo una gran verdad: el cuerpo nos va hablando y no siempre en ese mensaje vemos realidades más profundas.


Cuando cierro la puerta de casa y me dispongo a comenzar el día inmediatamente tomo consciencia que los músculos me hablan -¡y mucho mas si es invierno! Una tensión me recorre y pareciera imposible moverme con libertad. La rigidez paraliza, quita flexibilidad, nos roba la gracia de un gesto sencillo. Imagina esto en lo más superfluo llevado a lo más íntimo. Me refiero al corazón, al endurecimiento del espíritu.


Un corazón rígido es como un músculo contraído: se cierra en juicios duros, se vuelve inflexible con los hermanos, se niega a perdonar. Se trata de una tensión interior que nos deja inmóviles, incapaces de comprender, de ser misericordiosos, en definitiva de amar. Hay una parálisis mas dañina que la que afecta los músculos del cuerpo, las rodillas, los pies, es una parálisis espiritual que nos encierra en nosotros mismos.


El clamor que hoy elevamos al Espíritu Santo dice con fuerza: “¡Suaviza mi rigidez; que este corazón endurecido se rinda ante la ternura que restaura mis cimientos seculares!”


La Biblia hace presente esta imagen y en la voz del profeta Ezequiel se nos transmite la promesa de Dios: “Les daré un corazón nuevo, quitaré de ustedes el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 36,26).


Un corazón de piedra es rígido, incapaz de latir con compasión. Pero el Espíritu Santo, Fuego que quema sin consumir, fuego que purifica y entibia las entrañas es como ese calor que relaja los músculos, como el masaje que devuelve flexibilidad, como la ternura que restaura lo que parecía perdido.


Jesús mismo lo mostró cuando sanó al paralítico: no solo le devolvió el movimiento físico, el mayor milagro ocurrió en ese corazón liberado del peso del pecado (Marcos 2,5-12). La sanación verdadera siempre será integral: tocará con poder cuerpo y alma.


¿Tienes miedo que los dichos de la abuela te alcancen antes de tiempo? ¿No será hora de adelantarnos para vivir mas ligeros de equipaje? Quizás hoy reconozcas tus propias tensiones en la dureza en los juicios hacia tu familia, en la inflexibilidad para perdonar una traición o en la parálisis espiritual que te impide confiar en Aquel que es Todopoderoso.


El Espíritu Santo quiere suavizar nuestras rigideces. Quiere que nuestros corazones se rindan ante la ternura, que vuelvan a latir con libertad, que se conviertan en espacio de encuentro y no de encierro.


La rigidez no es fuerza, es fragilidad. Lo que no se deja suavizar termina quebrándose. Pero la ternura del Espíritu es más fuerte que cualquier dureza: restaura los cimientos, devuelve flexibilidad, abre caminos nuevos.


Démosle plena libertad al Espíritu Santo para que obre con su Divina Soberanía barriendo las parálisis interiores que obstaculizan la vida la de la gracia y nos regale un corazón capaz de amar con libertad.


®piedrasvivas

 
 
 

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