Cuando las malas decisiones pesan en el corazón
- rccrecreo

- 24 ene
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En las Sagradas Escrituras descubrimos a un hombre que conoció en carne propia lo que significa equivocarse: El rey David. Su decisión de tomar a Betsabé y ordenar la muerte de Urías (2 Samuel 11) no fue un simple error: fue una herida que marcó su vida y la de su pueblo. Cuando el profeta Natán lo enfrenta, David reconoce: “He pecado contra el Señor” (2 Samuel 12,13). A partir de allí, su corazón se ve atravesado por la culpa, la ansiedad y la tristeza. El Salmo 51 es su desahogo: “Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva dentro de mí un espíritu firme” (Sal 51,12). Allí se escucha el clamor de alguien que siente el peso de sus malas decisiones y busca volver a empezar.

Y es que todos, de una manera u otra, hemos sentido ese peso. La culpa que nos hace repetir una y otra vez lo que hicimos, como si no pudiéramos soltarlo. La ansiedad que nos llena de miedo al futuro, que nos hace pensar que todo saldrá mal. La tristeza que nos roba la fuerza y nos deja sin ganas de levantarnos. Son heridas que no se borran fácilmente, y que además afectan a quienes nos rodean: la confianza se quiebra, los vínculos se enfrían, la comunidad sufre.
Sin embargo, muchos santos invitan con su testimonio a mirar de frente las consecuencias de sus malas decisiones sin miedo. San Agustín es uno de ellos. En su juventud vivió alejado de Dios, buscó placer y éxito en caminos que lo dejaron vacío. En sus Confesiones reconoce: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé” (Confesiones, X, 27). Esa frase refleja la tristeza por el tiempo perdido, la ansiedad de haber buscado en vano, y la culpa de haber resistido tanto al amor de Dios. Pero también muestra la esperanza: incluso las malas decisiones pueden ser transformadas en ocasión de gracia.
La Iglesia nos recuerda que el pecado nunca tiene la última palabra. San Juan Pablo II decía: “La verdadera paz nace de la conversión del corazón” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2002). Y el Papa Francisco ha repetido con insistencia: “Dios nunca se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón” (Ángelus, 17 de marzo de 2013). La culpa puede convertirse en humildad, la ansiedad en confianza, la tristeza en esperanza. Lo que parecía un final se puede convertir en un comienzo.
No hay motivo alguno para que la desesperanza ganen espacio en nuestra vida. La vida y las experiencias de David y de Agustín nos enseñan que las malas decisiones no deben ocultarse ni negarse. Mirarlas de frente, reconocerlas y entregarlas a Dios es el camino para que el Espíritu Santo renueve el corazón. Y en ese proceso, la comunidad de fe se convierte en un lugar donde las heridas se sanan y la vida se reconstruye.
En Piedras Vivas también hemos experimentado el peso de malas decisiones. Es parte del camino del hombre. Pero hemos comprobado que siempre es posible resurgir por el poder de Aquel que es Vencedor. Por eso te invitamos a unirte a una comunidad de vida, donde juntos aprendemos a transformar las heridas en esperanza y a caminar confiados en la misericordia. Siempre será posible decir desde la espera confiada: “por más ardua que sea la batalla, la victoria, Señor, será Tuya!”

Psicopax
Comunidad Piedras Vivas



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