El riesgo de confiar
- rccrecreo

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Confiar nunca es un acto neutro. Siempre implica un riesgo, porque confiar es exponerse, es dejar de sostenerse en seguridades humanas para abrirse a la acción de Dios. El Papa León XIV, en el Ángelus del 25 de enero, nos recordó que Jesús comenzó su predicación en un tiempo oscuro: Juan había sido encarcelado, la esperanza parecía apagarse, y humanamente todo indicaba que era el peor escenario. Sin embargo, fue allí, en medio de la noche, donde el Evangelio comenzó a brillar con fuerza.

Confiar en Cristo significa aceptar que la vida puede florecer en la adversidad, que la esperanza puede nacer en la noche, que la luz puede encenderse en el corazón cuando todo parece perdido. Pero no fue solo el tiempo adverso lo que sorprende: también el lugar elegido. Jesús inicia su misión en Cafarnaún, una ciudad periférica, mezcla de culturas, lejos del centro religioso de Jerusalén. Allí, en el sitio menos pensado, la Palabra se hizo anuncio. Allí, donde nadie esperaba nada, comenzó a brotar la vida.
El Papa nos invita a descubrir que Dios no se limita a los espacios seguros ni prestigiosos, sino que abre caminos en los márgenes, en lo pequeño y lo frágil, en lo que el mundo considera fracaso. Confiar en Él es arriesgarse a creer que lo pequeño puede ser inicio de lo grande, que lo frágil puede ser semilla de lo eterno.
El riesgo de confiar es dejar de apoyarnos en el poder, en el éxito, en la riqueza, y abrirnos a la acción de Dios. No es ingenuidad, es fe. Es caminar en la oscuridad con la certeza de que la luz ya está encendida. Hoy también vivimos tiempos poco favorables: guerras, divisiones, enfermedades incurables, incertidumbre social. Y sin embargo, allí mismo, Dios comienza su obra. El riesgo de confiar es, en realidad, el riesgo de amar: de entregar la vida sin garantías, sabiendo que Cristo sostiene y libera.
Confiar en Él es arriesgarse a la verdadera libertad, la que san Pablo proclamó: “Para ser libres nos libertó Cristo Jesús” (Gal 5,1). Esa libertad no se compra ni se conquista, se recibe como gracia y se vive como tarea. El riesgo de confiar se convierte entonces en certeza: la esperanza no defrauda.
Señor Jesús,
Maestro y Amigo, en medio de mis noches
y de mis lugares periféricos,
quiero arriesgarme a confiar en Ti.
Rompe mis seguridades,
desarma mis resistencias,
sopla sobre mi aridez.
Hazme capaz de creer que lo pequeño puede ser grande,
que lo frágil puede ser fecundo,
que lo que parece fracaso puede ser semilla de Reino.
Dame la gracia de confiar,
aunque tiemble,
aunque dude,
aunque me falten fuerzas.
Dame la libertad que Tú regalas,
la libertad que no defrauda,
la libertad que se convierte en esperanza viva.
Amén.



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