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La recompensa de la intercesión

¿Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche?

Lucas 18, 7

En el Evangelio de hoy, Jesús nos narra la parábola sobre una viuda insistente, necesitada de justicia y un juez “que no temía a Dios ni respetaba a los hombres” (Lucas 18, 2). La viuda estaba desesperada, así que día tras día acudía frente al juez deshonesto y le pedía una resolución. A pesar de la indiferencia del juez, ella no se dio por vencida. Más bien, sus súplicas se volvieron cada vez más intensas y frecuentes hasta que finalmente el juez le dio una respuesta.


Ahora, nosotros sabemos que Dios no es para nada como ese juez injusto cuando acudimos a él por medio de la oración de intercesión. Al contrario, sus oídos están abiertos, y él siempre está dispuesto a escucharnos. Sin embargo, debemos ser como esa viuda, y perseverar mientras intercedemos frente a Dios, llamándolo de día y de noche. Ese “llamado” es algo mucho más que un saludo casual o una petición rápida. Está enraizado en una necesidad profunda que debe ser escuchada. Y eso implica no darse por vencido.


Entonces, ¿por qué a veces parece que Dios se tarda en responder? Porque cuando perseveras y le entregas todas tus necesidades a Dios, estás abriendo tu corazón para recibir las bendiciones que van más allá de la simple solución a un problema o de la forma de esquivar un obstáculo. De esta manera adquieres su corazón y su perspectiva. ¡Y eso es lo más importante que te pueda pasar!


Esto es especialmente cierto si no percibes una solución inmediata o si sientes que Dios no está contestando tus oraciones. Entre más perseveres, más oportunidades tendrás para ofrecerle a él no solo tus necesidades sino también tus temores, deseos y esperanzas. Estarás más dispuesto a invitarlo a entrar en tu corazón y pedirle que te fortalezca.


Esa es una recompensa misteriosa de la intercesión. Va más allá de obtener la respuesta que esperas a tus plegarias. Dios te asegura que te concederá su “justicia” por medio de su sabiduría, paz, amor y carácter (Lucas 18, 7). Y te ayuda a que desarrolles una relación todavía más profunda con Aquel que concede toda clase de dones.


Padre celestial, te pido que me ayudes a perseverar en mi oración de intercesión. Quiero permanecer cerca de ti y estar en comunión con tu corazón.”


Sabiduría 18, 14-16; 19, 6-9 Salmo 105 (104), 2-3. 36-37. 42-43

fuente: La Palabra con nosotros - Devocionario Católico

 
 
 

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