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Los cristianos y la peste

Sí, en otros tiempos, las epidemias han convertido a los cristianos en mejores personas.


El Papa Francisco, en marzo del año pasado, oró por el fin de la pandemia, evocando una antigua devoción de la diócesis de Roma: el crucifijo milagroso de la Iglesia de San Marcelo. El objeto sagrado, que ya ha sobrevivido a un incendio que arrasó por completo el templo que lo albergaba, fue el responsable, según la tradición católica, del fin de la peste que en el siglo XVI asoló la capital. Esta imagen también protagonizo el 'Día del Perdón', cuando Juan Pablo II, en el jubileo del año 2000, se retractó, en nombre de la Iglesia, por todos los crímenes y omisiones cometidos por la institución a lo largo de los siglos.


Mientras los católicos chocan en busca de una respuesta 'teológica' a la crisis, el Papa da la receta más simple de todas: es hora de sacar, de retirar de los cajones, las prácticas de devoción popular y practicar la solidaridad. Era exactamente lo que hacían los cristianos de otros tiempos.


Cuando Francisco llama al "año de San José", piensa no sólo en la pandemia, sino en este retorno a la esencia de la espiritualidad, proponiendo una devoción accesible y sencilla. También fue en el siglo XVI cuando comenzaron a aparecer con mayor frecuencia oraciones y rosarios en honor al padre adoptivo de Jesús. Recordando que, durante este período, Europa estaba experimentando una serie de trastornos sociales.


Y en la época de los primeros cristianos...


La gravedad de la peste del siglo III llamó la atención de los historiadores gracias a un texto del obispo Cipriano. Aún no se sabe exactamente qué tipo de enfermedad fue, pero es posible explorar, a través de estas pocas fuentes disponibles, cómo se comportaron los cristianos ante esta dramática situación.


Dionisio de Alejandría dice que los paganos, en ese momento, abandonaron a sus parientes a su propia suerte para evitar el contagio. Los cristianos terminaron muriendo de la enfermedad, porque trabajaron, día y noche, para ayudar a los que habían sido abandonados por estas familias.


Nunca antes el mundo antiguo había visto una red de solidaridad tan significativa que, en opinión de algunos historiadores, habría atraído la atención de algunas personas hacia la religión naciente.


Por mucho que los textos estén dotados de recursos propagandísticos -o apologéticos-, lo cierto es que la caridad y la fe fueron las características que más distinguieron a los cristianos de los demás ciudadanos del imperio.


Mirando nuestra realidad hoy, parece que estamos lejos de adoptar este tipo de posturas. Los libros de novena siguen polvorientos, mientras que muchas lenguas se perfeccionan para perseguir a aquellos que han hecho algo por los demás. Cobran por la apertura de las iglesias mientras el corazón se cierra, aún más, para los que más lo necesitan. El duelo por los muertos ha dado paso a justificaciones estratosféricas delante de ideologías asesinas.


Algunas personas, fuera de la Iglesia, odian a algunos cristianos ya no por la doctrina que defienden, sino por la distorsión e instrumentalización de la fe que practican. Muchos miembros de la Iglesia han perdido, en esta pandemia, la oportunidad única de atraer a la gente a un cristianismo profesado y vivido, cuyo amor es la consigna, no las agendas políticas de los líderes pseudo cristianos.


Y es precisamente esta llamada de atención la que nos hace Francisco. El Papa actual está muy preocupado por rescatar la esencia del cristianismo, mientras que muchos trabajan para descuidarlo mediante un falso celo religioso.


¿Cómo saldrá el cristianismo de esta pandemia? Pregunto. Si depende de Francisco, más fuerte. Si depende de otros, será una religión que ya no tiene credibilidad ni siquiera para hablar de Jesucristo.


Mirticeli Medeiros

Periodista y maestra en Historia de la Iglesia en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.

Desde 2009, cubre el Vaticano para medios de Italia y Brasil.

Traducción del artículo publicado en Dom Total

 
 
 

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