LOS SIETE DOMINGOS DE SAN JOSÉ - Cuarto Domingo
- rccrecreo

- 21 feb 2021
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CUARTO DOMINGO

El dolor:
la profecía de Simeón, al predecir los sufrimientos de Jesús y María. La alegría:
la predicción de la salvación y gloriosa resurrección de innumerables almas.
Oh Santo fiel, que tuviste parte en los misterios de nuestra redención, glorioso San José; aunque la profecía de Simeón acerca de los sufrimientos que debían pasar Jesús y María te causó dolor mortal, sin embargo te llenó también de alegría, anunciándonos al mismo tiempo la salvación y resurrección gloriosa que de ahí se seguiría para un gran número de almas.
Por este dolor y por este gozo consíguenos ser del número de los que, por los méritos de Jesús y la intercesión de la bienaventurada Virgen María, han de resucitar gloriosamente.
Padrenuestro, Ave y Gloria.
MEDITACIÓN
El Eterno Padre, que había predestinado a José desde la eternidad para padre nutricio de Jesús, atesoró en su corazón un amor incomparablemente más grande que el que han tenido y tendrán a sus hijos todos los padres de la tierra, Amarguísimo sería, pues, sobre toda ponderación el dolor que traspasó el alma de José, cuando oyó que el santo anciano Simeón profetizaba a María que el divino Niño había de ser puesto por blanco de contradicción entre los hombres. Entonces se le representó al vivo y con todas sus circunstancias la pasión dolorosa de nuestro Redentor: vio que aquellas manecitas y pies habían de ser traspasados por crueles clavos; que aquella frente infantil se vería coronada de espinas; que aquel dulce mirar de sus hermosos ojos se anublaría con lágrimas y con sombras de muerte; que aquel corazón divino, lleno de sangre generosa, sería abierto con una lanza. Los futuros dolores de María traspasada con una espada de dolor en el Calvario, ya viendo expirar a su Hijo, ya recibiéndole muerto en su regazo, acrecentaban los de José su ternísimo esposo, tanto más, cuanto pensaba que había de padecerlos en amarga soledad y abandono.
Pero este dolor tan acerbo de San José se convirtió luego en gozo deliciosísimo, cuando consideró el copioso fruto de la redención, y vio como de lejos innumerables ejércitos de mártires que llevaban palmas de triunfo, coros brillantes de cándidas vírgenes coronadas de inmortales guirnaldas, ejércitos de pecadores que lavaron sus estolas en la sangre redentora, doctores de la Iglesia, santos levitas, e inmensa muchedumbre de todas las naciones y lenguas, cantando en celestiales himnos las glorias de Jesús y las alabanzas de María.



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