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TRANSFORMANDO CADENAS EN LIBERTAD



Para el pecador, la muerte es un final triste. Para quienes son amigos de Dios, es el ansiado día de liberación. ¡La vida no se te quita, se transforma! San Pablo ya estaba muerto al pecado y vivo para Dios (cfr Rom 6,11). Una unión arraigada y exclusiva lo ligaba al Señor. No era él quien vivía, era Cristo quien habitaba en él (cfr Gál 2, 20) y obraba a través de él. ¡El pañuelo de Pablo curaba! (Cfr. Hch 19.11).


San Pablo ya se había hecho “todo para todos” (cf. 1 Co 9, 22). Se encadenó a sí mismo para romper maldiciones. Se convirtió en “prisionero de Cristo” para liberar a los gentiles (cfr Efesios 3,1). Como decía el Papa Juan Pablo I: “Es necesario saber hablar con cariño a nuestro interlocutor en su propio lenguaje y luego, poco a poco, llevarlo, suavemente, a nuestro terreno: entrar en el suyo y salir del nuestro”


Ha llegado el momento de que aquel, para quien la Palabra de Dios no fue encadenada (cfr 2 Tim 2,9) vea rotas todas sus cadenas. Arrastrando sus pesadas cadenas fuera de la ciudad, el Apóstol fue conducido por un grupo de soldados a lo largo de la Vía Ostiense y luego por Via Laurentina hasta llegar a un valle lejano, conocido con el nombre de Aquæ Salviæ.


Allí, en medio de esa región pantanosa, el sublime imitador de Jesucristo selló su testimonio con su propia sangre. Según una tradición piadosa, su cabeza, al caer al suelo bajo el golpe fatal de la espada, saltó tres veces, haciéndola brotar en cada uno de los puntos una fuente de agua burbujeante: la llamada “Tre Fontane”.


En los pantanos de la vida, deja caer tus cadenas. “La Cruz abre sus brazos a los cuatro vientos; es la señal de los viajeros libres” (G. K. Chesterton). Solo si te apegas firmemente a la Cruz de Cristo, estarás verdaderamente libre de todas las maldiciones.


Oración

Tú tienes el poder, oh Jesús, de romper todas las cadenas y todas esposas y ataduras que me atan a Satanás y a este mundo perverso. Tú puedes, Señor, romper todas las cadenas que me atan a la oscuridad y que me impiden caminar en la bendición. Por tus Santas Manos, libres y tiernas, clavadas en el altar de la Cruz, líbrame, Jesús, de la perdición eterna. Líbrame de toda esclavitud. Transforma mis maldiciones en bendiciones, mis esposas en liberación.

¡Crucifico mi palabra y guardo tu Palabra en mi corazón!

Qué libre, libere a mi hermano. Amén.


p. Marlon Mucio

Libro: “40 Días transformando maldiciones en bendiciones”

Parcería Editora Cançao Nova y Editora “Misión sed santos”

 
 
 

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