Un carisma para nuestros tiempos
- rccrecreo

- 3 dic 2021
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No hay posibilidad alguna de comprender el “carisma” Piedras Vivas si no es a la luz del “espacio dónde nacimos”, cómo nacimos y cuándo nacimos.
“El patio” como espacio nos habla de un lugar abierto, -aún cuando pueda tener sus limitaciones-; siempre será un espacio abierto, un lugar donde se puede ver más allá, un espacio que invita a tener siempre la disposición de ir más allá y no contemplar apenas muros que impiden el percibir, muros que encierran, que separan la vida interior de la vida que se juega más allá.
Solo un patio permite levantar la mirada a lo alto y descubrir que la mirada humana encuentra barreras y finitud si no se eleva.
En un patio se experimenta la brisa suave, el viento impetuoso; la frescura del viento que no se deja maniatar; que ni siquiera permite por momentos descubrir desde dónde sopla.
Solo un patio, un patio de noche, permite descubrir luces en la inmensidad de un entorno oscuro. La luz claramente rompe, trasciende toda oscuridad.

Nacimos de noche. Nuestros primeros encuentros con el Señor fueron de noche. Como Nicodemo necesitamos escondernos para que sea el mismo Señor quien nos descubra y descubra nuestras incertidumbres, nuestros miedos e inseguridades.
Nada en nuestra historia fue un “revelarse instantáneo”, un descubrir el sentido del milagro del encuentro de manera inmediata, clara y sin rodeos; pero fue un revelarse acorde a nuestras vidas, un encuentro encarnado en nuestros tiempos, en los tiempos de la naturaleza misma que tiene sus procesos. Como una rosa que se va abriendo lenta y progresivamente hasta revelar su mayor esplendor sin negar la belleza presente y la belleza oculta llamada a brindarse.
Y todo ocurrió cuando el clima se templado, cuando es posible sentir que el soplo de la gracia tiene el poder de refrescar el agotamiento del caminar diario.
Corazón con sabor a patio.
Vida con aroma a patio.
La comunidad solo vive y se hace presente en el corazón de cada uno de sus integrantes solo cuando vive y respeta esa vivencia fundacional.
Nunca será la simple asistencia la que sellará el corazón de un hermano dentro de la comunidad.
Seremos “Piedras” cuando la vida cotidiana tenga sabor a patio. Cuando al movernos, “el ser y el hacer” tengan aroma a ese patio.
Cuando el corazón otorgue libertad al viento del Espíritu para soplar sin impedirle moverse a su real querer.
Cuando no pongamos muros que lo contengan.
Cuando la mente y nuestras rebeldías se rindan ante los impulsos del Corazón donde fuimos sumergidos y dejen que ese mismo latir se manifieste en nostros.
Seremos “Piedras” sólo cuando seamos capaces de levantar en todo tiempo y en todo lugar la mirada a Lo Alto y percibamos que en toda oscuridad, en la propia y en la del hermano hay luces encendidas que hablan y manifiestan la Obra del Creador. Y ya no hay “nuevos” ni “viejos”; recién llegados, novatos o ancianos, porque el camino es uno y sólo tiene Un Dueño.
Seremos “Piedras” cuando comprendamos que la historia se escribe con paciencia, dejando que los pasos sean marcados por la Gracia y no por nuestros esquemas interiores y cuando toda seguridad se desplome haciéndonos comprender que Aquel que nos convoca, nos une y nos reúne no tenía siquiera donde reclinar su cabeza.
Seremos “Piedras” en la medida que sigamos subiéndonos cada noche, con expectante deseo, a ese lugar alto amasado de asombro y espera, para ver pasar a Jesús que viene a provocar el encuentro y en ese encuentro no mostrar nuestras seguridades sino nuestra humanidad herida buscando la seguridad que del que en nosotros habita. Y así, solo así, podremos sentir Roca Firme bajo nuestros pies.

Seremos “Piedras” cuando aprendamos a respetar los tiempos de cada rosa llamada a abrirse; Cuando la impaciencia y la rebeldía se vuelvan silencio ante los tiempos del hermano que está en camino; Cuando comprendamos que no somos la mejor obra, ni la mas grande, ni la más fuerte, ni la mas santa. Solo una obra querida por Dios que, con sus luces y sus sombras, se va desplegando.
Seremos “Piedras” mientras no huyamos de ése cielo estrellado que no es otro que el Manto de la Guadalupana y alcancemos a percibir que ese lazo en su vientre también es signo de nuestro nacimiento. María estaba embarazada de nuestro carisma cuando el Padre decidió consagrarnos a Ella.
El campanario de San Miguel estuvo siempre en el horizonte. Era posible contemplarle desde el patio. Pero la providencia pensó en nosotros “afuera de las paredes”; al aire libre. Expuestos a las inclemencias, a la acción de lo que no se puede domesticar; Pero nos quiso a la sombra del campanario para que sepamos bajo qué amparo nos quería cobijar. Y así apareció San Miguel Arcángel en nuestras vidas.
Solo el tiempo nos pudo hacer comprender la íntima relación que une “el techo” que nos cobija (el manto de María) y la sombra del campanario (San Miguel). Estábamos siendo puestos en esa noche inicial en “orden de batalla” bajo el manto de María y bajo mando del Príncipe de las milicias celestiales.

Un "nombre" que se asume
Cuando una criatura nace, sus padres le imponen un nombre que marca, direcciona y sella su misión. Un nombre no “escogido”, sino impuesto por amor. Así aconteció con nosotros. Nunca lo consideramos No recuerdo el momento, ni la forma, ni el tiempo, solo que ése era nuestro nombre. Hasta mudos quedábamos cuando nos preguntaban el motivo. Tal era nuestra pobre capacidad de discernimiento que no podíamos ni expresarlo con certeza alguna y Dios permitía que nos sintiéramos identificados con él sin saber el real motivo.
El asimilar el carisma comunitario se fue dando a semejanza del modo en que una rosa se va abriendo: lentamente. Y cuando las preguntas interiores comenzaban a inquietar y no había certeza sobre la voluntad del Padre fue La Palabra la que todo lo iluminó: “tú serás como un jardín bien regado, como una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan. Reconstruirás las ruinas antiguas, restaurarás los cimientos seculares, y te llamarán «Reparador de brechas», «Restaurador de moradas en ruinas» Isaías 58,11-12
Y lo que no tenía sentido comenzó a tenerlo.
Y lo que no se percibía, comenzó a percibirse.
Y el nacer en un patio tuvo sentido. Y nacer bajo el Manto de María, la sombra del campanario de San Miguel, y el nombre que se nos impuso encajaron como encajan las piezas de un gran rompecabezas.
UN CARISMA PARA ESTOS TIEMPOS
Es en estos tiempos que el Señor quiso darnos claridad porque el carisma nació para estos tiempos.
Precisamos dejar que la brisa sople, que la noche nos cobije; que seamos escondidos; que pasemos por pruebas e incertidumbres; Que seamos ignorados y maltratados; Porque ¿cómo anunciar aquello que no vivimos? ¡Cómo ser testigos de lo que probamos!
Fue y sigue siendo preciso contemplar nuestras miserias; que nos perdonemos a nosotros mismos y comprendamos al hermano; que tengamos la mente abierta, el corazón incendiado, la docilidad a flor de piel; el discernimiento y la humildad como diadema porque nacimos para estos tiempos y solo en fidelidad podremos caminar si el “patio” sigue presente en nosotros y en ése mismo patio nos dejemos encontrar por el Cristo.
¡Sea Bendito el Señor!
Y sean benditos los llamados a caminar en éste carisma!
Miguel Angel Yunges
Comunidad Piedras Vivas



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