Hay un silencio que abre y uno que encierra. ¿Sabés cuál es el tuyo?
- rccrecreo

- hace 22 horas
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Estar solo no es lo mismo que estar aislado
Hay dos formas de estar solo que desde afuera se parecen y por dentro son completamente distintas.
Una cierra. Se alimenta del propio dolor hasta que ese dolor lo llena todo. Convence de que nadie entiende, de que nadie está, de que el mundo siguió sin contar con uno. Eso es el aislamiento. No es un lugar. Es lo que le pasa al corazón cuando se cierra sobre sí mismo.

La otra abre. Busca. Se asienta en el silencio no para huir sino para encontrar algo más grande que el ruido que dejó atrás. Eso es la soledad fecunda. Y es completamente distinta.
Piensa en María Magdalena. Es de madrugada, todavía oscuro, y está sola frente a un sepulcro vacío. Llora. Busca. Y en ese huerto silencioso, antes del amanecer, escucha su nombre: «¡María!» (Jn 20,16)
Una sola palabra. Y todo cambió.
El Espíritu Santo habla así: en el susurro, en el silencio interior, cuando el corazón está abierto aunque esté roto. No habla en el ruido. No habla en la cueva cerrada del aislamiento. Habla cuando hay alguien que, como María, busca con el corazón entero.
Hoy vivimos rodeados de ruido. Hay una pantalla para cada momento de quietud. Y sin embargo, en algún lugar adentro, algo busca silencio. Algo espera ser escuchado.
Ese algo es el Espíritu Santo buscando ser escuchado por vos.
Pero cuidado: el silencio que necesitamos no es encerrarnos en nuestro propio dolor. Es salir de la cueva. Abrirnos. Ponernos en movimiento hacia Dios y hacia los otros.
Porque el Espíritu que habla en el silencio es el mismo que se derrama cuando nos reunimos. La soledad y la comunidad no se contradicen. Se necesitan.
Esta semana, busquemos aunque sea un momento de silencio real. Y después busquemos a los hermanos.
Los dos movimientos juntos. Así funciona la vida del discípulo.



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