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Las cartas que nunca escribió y hablan de Él - Hoy: Magdalena

Las palabras que siguen no son parte de la Escritura ni de documentos históricos. Son un ejercicio de imaginación creyente, una licencia literaria que busca acercarnos al corazón de los personajes bíblicos. No pretendemos añadir nada nuevo a la fe ni sustituir la Palabra revelada, sino ofrecer un espacio de oración y reflexión.

En estas cartas damos voz a quienes caminaron junto a Jesús, como si hoy pudieran compartir contigo su experiencia. Son cartas que nunca escribieron, pero que nos hablan de Él y de la transformación que su presencia produjo en sus vidas. Te invitamos a leerlas con el corazón abierto, como quien escucha a un amigo que nos cuenta cómo Cristo cambió su historia.


Hola, paz contigo, ¿todo bien? Aquí tu hermana María, la que llaman Magdalena. Algo supe de tus sentimientos actuales y, como bien lo sabés, mi vida también estuvo marcada por heridas y por la mirada dura de quienes me juzgaban. Al fin y al cabo, ¿quién está libre de esas experiencias? Pero un día me encontró Jesús, y todo cambió.


La hondura y ternura de su mirada, sin reproches ni condena, dieron a mi vida un giro radical. Fue como si me devolviera la dignidad perdida. Desde entonces lo seguí: no había otra alternativa, mi corazón ya no podía mirar atrás. Escuché sus palabras que daban vida y experimenté la libertad del amor que contemplaba con mis propios ojos.


Cuando la cruz fue alzada en el Gólgota muchos se alejaron. Aunque un temblor recorrió mis entrañas, no tuve miedo alguno. Y luego, aunque la confusión me visitara, fui testigo de la mañana más luminosa: la resurrección. Juan lo narró, y seguro lo has leído: cuando escuché mi nombre en su voz, supe que la muerte había sido vencida.


No quiero desviarme de la razón por la que decidí escribirte. Por eso te digo, como quien habla a un amigo: Él también te mira con igual ternura. Conocía mis luchas y conoce también las tuyas, tus búsquedas y tus silencios. Puede levantarte como me levantó a mí. No tengas miedo. Lo repito como un eco: no tengas miedo de abrirle tu corazón. Su presencia transforma, da sentido y llena de esperanza.


Estaré a la espera de noticias tuyas, porque sé que juntos vamos a cantar un día lo que tantas veces entonás casi sin darte cuenta: “Lo imposible, Él puede realizar…”. ¿Lo tenés presente, verdad?


Con afecto fraterno, María Magdalena


 
 
 

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