PUENTES DE LA VIDA
- rccrecreo

- 5 dic 2020
- 3 Min. de lectura

Muchos experimentan en su vida espiritual reparos con relación a determinados dones, carismas y manifestaciones del Espíritu. Todo puedo entenderlo porque he transitado esos mismos sentimientos. Pero desde aquella noche en que, a los 17 años, fui bautizado en el Espíritu, todo ha ido cambiando. Claramente el proceso de discernimiento no es sencillo, a veces lento, otras veces poco claro, pero con el pasar del tiempo he asumido que aquella profecía de Joel sin la menor duda está siendo cumplida.
Es natural -y necesario- pararse con respeto particularmente frente a las visiones interiores, mentales y espirituales, frente a las mociones, pues sabemos que es el área donde puede actuar con soltura el que es malo y padre de las mentiras pero, -no es motivo, ni causa suficiente a mi criterio- para desestimar la acción del Espíritu que es siempre mayor. Inmensamente mayor.
Con relación a las llamadas visiones interiores siempre he visto estas como un “empujón” a las Aguas Profundas de la oración que, libre de palabras, se vuelve contemplación.
Me atrevería a decir que hoy no concibo mis tiempos de oración sin esas manifestaciones que suceden aún en tiempos donde todo parece apagado y la vida espiritual transita por noches oscuras.
Anoche, mientras oraba, en mi mente surgió una imagen clara, con rasgos de impecable nitidez: la de un frágil puente peatonal, -de madera-, suspendido y cruzando un ancho y caudaloso río de aguas profundas. Las dos márgenes, la que dejaba y la que me recibía, mostraban gran vegetación, todo era muy verde. Al terminar de cruzar, apenas siento los pies tocar la nueva orilla, instintivamente mi cabeza giró hacia atrás y pude ver como se cortaban los tensores de la orilla opuesta y ese frágil puente, que me condujo “a un nuevo territorio”, fue llevado por la fuerte correntada.
La imagen es poderosa y sentí que la “lectura” personal puede ser aplicada a la vida comunitaria.
El camino de un hombre de fe siempre conducirá a “nuevos lugares”, porque en el camino, quien abre los senderos, es el Señor que hace “nuevas todas las cosas”.
Dice la Palabra también: “Quien pone la mano en el arado, no puede mirar para atrás” y esa es la “sensación” que me invadió al girar mi cabeza y ver caer el puente. Aunque el contexto era diverso en mis oídos parecía resonar la voz de Mons. Jonas cantando: “Não dá mais pra voltar, não tem jeito…”
Cuando vamos de camino con el Señor y miramos para atrás vemos que ya no existe posibilidad alguna de volver. Si es la gracia quien conduce, una vez que pisamos la otra orilla, ya no hay alternativa.
La vida esta hecha de incontables puentes colgantes que deben ser cruzados. Quien tuvo la experiencia de cruzar al menos uno sabe que son angostos, que transitarlo tiene sus riesgos, que los miedos serán parte de la experiencia, pero también puede percibir que hay un arte para hacerlo, que es necesario afirmar bien los pies sobre las pequeñas tablas que lo forman o sobre la gruesa soga que sirve de piso y mucho más aún es imprescindible aferrarse con las dos manos a los tensores, tanto el derecho como el izquierdo.
Es la Trinidad ese Puente. La base firme: Jesús. Los dos tensores: el Amor del Padre y la Fuerza del Espíritu.
Cuando se llega a la “nueva orilla” no solo se deja atrás lo recorrido. Lo pisado se vuelve pasado. Pero aún queda un trabajo no menor: vaciar la mente de lo viejo porque una mente anclada, que vive solo de los recuerdos no deja espacio a las novedades del Espíritu.
Siempre será un peligro tener los pies en una orilla y el corazón y la mente en la otra.
La división es como la tierra quebrada por la sequía. Grietas sobre grietas donde la vida no florece.
Yo anhelo seguir caminando, deseo contemplar nuevos puentes en el horizonte de mi vida.
No quiero ser un hombre aferrado a lo que fue por más santo, verdadero y bendecido que haya sido. La “novedad del Espíritu”, la “fuerza de la gracia que se avecina” siempre será mayor, calará mas hondo, traerá nuevos aires, oxigenará el corazón, traerá bendición en los hermanos y la vida se llenará de presencias y rostros que posiblemente queden en la otra orilla, pero que sin dudas habrán sido fecundadas por la unción que deja el paso de quien orientó mis pasos.
¿Y tu vida? ¿ya has cruzado muchos puentes? ¿viste romperse muchos tensores?
Mi oración hoy pedirá esa gracia para vos.
Miguel Yunges
Comunidad Piedras Vivas



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